Un bar



Es extraño como pueden comenzar las cosas.

A veces es previsible, te levantas y ya sabes perfectamente lo que te va a suceder ese día.

Otras, el propio camino del destino te sorprende gratamente… o no tanto.

Ellos han empezado en un bar.

Un bar cualquiera, uno que ni siquiera frecuentan. Y casualmente (si las casualidades existen) se han encontrado allí.

En la barra, empinando el codo, deseando que el alcohol nuble sus sentidos y haga que olviden el mundo durante unos instantes.

Todo ha comenzado estúpidamente en un bar, y ahora las sábanas baratas del hotel a donde han ido a parar hacen que sus miembros se enreden, mermando sus movimientos.

Se odian.

Claro que se odian.

O eso es lo que proclaman a los cuatro vientos.

Uno no soporta los ideales del otro, el otro no soporta el carácter de uno.

Y aún así, allí están. Comiéndose a besos, arañándose, lamiendo cada centímetro de piel expuesta, haciendo cualquier cosa para que su contrincante gima y ceda su puesto dominante.

Ambos saben cómo terminará esa lucha de poder, y secretamente, anhelan que suceda pronto. Pero son hombres orgullosos, llenos de un honor y una cabezonería que no hará que ese momento llegue rápido.

Sus respiraciones chocan cada vez que sus bocas se separan, haciendo que las fosas nasales acaben impregnadas de un aliento a cerveza barata que tumbaría a más de uno.

El olor a sudor, a alcohol, a saliva, a sexo futuro… llena la habitación, empapando las paredes del cuarto, las cortinas raídas de las ventanas, quedándose grabado en la mente de los dos.

El tiempo sigue pasando, y esa máscara que portan se va desquebrajando segundo a segundo. Ya no pueden aparentar nada delante del otro cuando no tienen ni un ápice de ropa que tape su desnudez.

Van a follar, salvajemente, durante horas, y al día siguiente fingirán que esa noche no ha sucedido.

Lo saben, ambos lo saben, es algo inevitable, y aún así, se lo siguen negando.

Pero el destino está escrito, lo crean o no, y el pelinegro acaba atado a la cama gracias a los jirones de las sábanas que enredaban sus pies. Un cinturón ha sido utilizado improvisadamente como una mordaza. Unas pinzas que descansaban en el fondo de un cajón son perfectas para jugar.

Y los minutos pasan, y los jadeos que escapan de las gargantas de ambos no son de forcejeo, si no de disfrute, de un disfrute máximo y pleno.

Faltan pocas horas para que el sol haga su aparición estelar en el firmamento, cuando el joven de cabellos azulados ha penetrado por primera vez a su acompañante.
Los dos arquean la espalda, quedándose sin respiración, tan sólo escuchando los latidos frenéticos de sus corazones, hasta que el movimiento inconsciente de sus propias caderas les devuelve a la realidad.

Fuera de esas cuatro paredes son enemigos, se odian, desean la muerte del otro.

Allí sólo son animales en celo, amantes, ligues de una noche.

Los primeros rayos del amanecer son los únicos testigos de la culminación del acto, del orgasmo que consume a ambos, del éxtasis que provoca que los dos tiemblen tanto, que sientan que ya no son dueños de sus propios cuerpos.

A tientas, los cachos de tela, el cinturón, y las pinzas, caen al suelo olvidadas, mientras que el uno reposa sobre el pecho caliente del otro.

No se abrazan, no se dan beso de buenos días, no hacen ninguna idiotez digna de parejitas. Sólo se hacen compañía, dejan que sus cuerpos se relajen al mismo ritmo. Sólo disfrutan del momento.

Es extraño como pueden comenzar las cosas.

A veces es previsible, te levantas y ya sabes perfectamente lo que te va a suceder ese día.

Otras, el propio camino del destino te sorprende gratamente… o no tanto.

Ellos han empezado en un bar.

Un bar, que ninguno de los dos volverá a pisar en toda su vida.

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