Amén

Noto su mirada clavada en mi nuca y siento que las piernas comienzan a temblarme. Es gracioso que me imponga más un sólo hombre que toda la asamblea nacional reunida para el juicio del que, hasta hace tan poco tiempo, había sido nuestro rey. Nuestro soberano. Nuestro amo y señor. Un hombre hecho dios. Giro lentamente el rostro y me encuentro con su faz, serena, como si nunca nada le perturbase lo más mínimo. Como si todo aquel circo que esta a punto de dar comienzo fuera una simple obra de teatro en la plaza de un pueblo. Alguien tan joven e inexperto como yo tiene la oportunidad de hablar ante cientos de personas, tengo en mis cuerdas vocales el poder de hacer historia, y lo único que me preocupa es que él me de su aprobación. ¿Dónde quedó el autor de Organt? ¿Y el revolucionario de la fiesta de la federación?

– ¿Estás nervioso, Louis Antonie?

– ¿Debería estarlo? – respondo mordaz.

Él se acerca con las manos cruzadas sobre su pecho, solamente destrenzándolas cuando nos quedamos a escasos centímetros de cercanía. Posa una mano en mi hombro y sonríe, ligero, tranquilo. 

– No te habrían elegido para este cargo si no fueras merecedor de él.

– ¿Eso debería infundirme más ánimos?

– Al menos calmarte.

– No quiero calmarme... quiero gritar. Estoy ansioso.

Maximilien sonríe con más fuerza, terminando por contagiarme a mí también. Soy un hombre con las emociones de un chiquillo. 

– Cierra los ojos, imagínatelo ya en el estrado, esperando su juicio. ¿No te dan ganas de adelantar los acontecimientos y ejecutarle de una vez? – sonrío con más ganas y suspiro, dando un paso hacia atrás, comenzando a gesticular con las manos – ¿No deseas ver su cabeza separada del cuerpo, igual que él ha hecho con el pueblo? Sí, porque eso es de lo que se le acusa. De cómo arrancó la cabeza a su pueblo y la exhibió por toda Europa, vanagloriándose de tener el mejor estado del mundo, mientras el cuerpo se quedaba aquí, en el fango, siendo devorado por lombrices y ratas – paro de golpe y miro fijamente a Robespierre –. No es posible reinar de un modo inocente.

Un silencio cae sobre nosotros y el sonido de los pasos de la gente entrando a la sala contigua llena mis oídos. Es un torrente de piedras que cae sobre la ladera para sepultar al gigante. Maximilien me sostiene la mirada, y cuando se muerde el labio inferior, me insuflo de energías para continuar hablando.

– Mandaba dinero a las Américas para liberar a su gente, pero aquí devoraba el pan que les correspondía a sus súbditos. Y su mujer – una pequeña risa afilada aflora de mi garganta y escapa entre mis dientes –, ella tampoco se queda atrás. La “perra austriaca”, que a buena hora tuvo de llamarla la du Barry, que se viste con las telas que deberían abrigar a las mujeres que friegan el suelo por donde ella anda. Él, escondido tras su cerraduras, y ella, bajo las faldas de la Polignac – me acerco a él poco a poco y susurro –. Una reina que prefiere besar los labios íntimos de una mujer antes que gobernar, no es una reina.

Ambos sonreímos de nuevo, aunque esta vez es una sonrisa sutil, ladeada, pícara, como si temiésemos porque alguien la viera. ¿A quién deberíamos temer si esta sonrisa nos hace portadores de la libertad de ser franceses, de ser personas, de ser libres? Mi corazón late con fuerza, y mi respiración se agita. Mi pecho se convierte en un volcán y su lava sube hacia mi boca dispuesta a abrasar todo a su paso.

– ¿Y aún así se merecen un juicio? – niego y me echo hacia atrás, retrocediendo sobre mis pasos, alzando la voz de nuevo – ¿Cuando, a pesar de ser conocedores de sus pecados, tienen la desfachatez de pedirles a los austriacos que nos ataquen para ser liberados? ¡Si así de pesada fuera mi carga, gustoso me tiraría a la guillotina, para que al menos mi sangre alimentara a la tierra que mi carne ha humillado! En las ciudades hay centenares de hombres agonizantes que se arrastran por el barro en busca de un ápice de libertad que les quite las cadenas que les han ahogado durante generaciones. En las afueras hay millares que ya no pueden ni moverse. ¡Un pueblo debe ser gobernado por el propio pueblo! Por personas que hayan mirado a los ojos al hambre, al frío, al dolor y a la muerte. Personas que hayan gritado en el más absoluto de los silencios, y cuyas plegarias supliquen en pos de su nación y no del bienestar propio.

Tiemblo, noto cada centímetro de piel vibrando acorde a mi respiración agitada. Soy un perro de caza que ya huele la sangre del conejo herido. Quiero llorar y reír al mismo tiempo. Mi voz va a ser escuchada por las armas que segaran el campo marchito. Y él, el ángel humanizado que ha hecho que todo esto se lleve a cabo, quien ha inspirado mis más realistas y revolucionarios pensamientos sobre la libertad, me mira embelesado como si mi diatriba fuera ambrosía llovida desde los cielos. 

– Vuelve a imaginártelo, con su pelo raído a causa de años con la empolvada peluca, de pie en el estrado, vomitando palabra tras palabra clamando por su inocencia. Dime qué ves, ¿a un rebelde o a un usurpador? Porque siendo rey, sólo se puede ser uno de ambos.

No veo cuando se acerca, ni escucho sus pasos, ni el roce de su ropa. Es como si me hubiera desvanecido del mundo durante unos segundos, volviendo gracias a sus labios posados sobre los míos. Son cálidos, húmedos. Su respiración es nerviosa y se posa con gentileza sobre mi piel. Busco sus manos con las mías y las aprieto con fuerza antes de corresponder al beso. El mundo se queda en silencio y noto como todo se coloca en el sitio que le corresponde. Somos una de las cerraduras del rey caído, un puzzle completado que suena al girar los engranajes correctos. He sido bendecido con el nuevo Dios de la libertad contra mi carne. 

– Que tus palabras afiladas con la verdad sean las cuchillas que desgarren su carne y quebranten sus huesos – murmura pegado a mí, dejando que cada palabra muera contra mi boca –. Que tu voz se eleve sobre sus susurros sibilinos.

– Amén – digo sin pensar. Un nuevo beso me impide arrepentirme. 

Sombras bailarinas

Las paredes del cuarto que no sentía como mío parecían que danzaban junto con las sombras de los muebles que se proyectaban gracias a las luces que entraban sigilosas por la ventana. Luces de coches, luces de farolas, luces de otros edificios, todas bailaban igual y creaban coreografías con las sombras del armario comprado en rebajas, el antiguo escritorio de mi hermano y la silla llena de ropa sucia. Aún podía oler el polvo estático en la estancia, recordándome que dormía en el que había sido el trastero. Pero ahora era mi dormitorio. Mi dormitorio sin mis cosas con las sombras danzarinas. ¿Pero qué cosas iba a meter? Como si mi madre me hubiera dejado volver a entrar en casa tras enterarse del incidente con el “reformatorio”.

Tamborileaba con los dedos sobre las sábanas un ritmo sin sentido que cambiaba de canción a canción según iban apareciendo letras inconexas en mi mente. Algunas aparecían mezcladas, otras prácticamente estaban enteras. No podía enorgullecerme de mi mashup, pero no se puede juzgar a los pensamientos de un insomne. Quería dormir y al mismo tiempo no. Ya me había escapado hacia una hora para correr por la ciudad. También exploté el contenedor de la plaza del supermercado. Jugué online con el móvil hasta que la batería me abandonó. Pero por más que los ojos se me cerraban, todo mi cuerpo seguía despierto, atento a cada uno de los cambios que se provocaban a mi alrededor. El sonido de las sábanas contra mi cuerpo cuando me movía, los neumáticos de algún coche sobre el asfalto más cercano, la ligera conversación que los padres de mi hermano habían mantenido mientras terminaban de recoger la cocina... Ahora sólo podía concentrarme en los bailes que me brindaban de vez en cuando las sombras contra las paredes vacías de pósters o de historias sobre mi persona y el repiqueteo de mis dedos sin una lógica contra la cama.

Hasta que les oí. Seguramente no esperaban que lo hiciera, pero lo hice. Nadie más les habría escuchado si no estuvieran atentos a cualquier cambio, como me pasaba a mí. La maldición (o el milagro) de las personas con el sueño desvanecido. Al principio no pude identificar de dónde provenía ese ruido tan extraño, como el siseo discreto de una serpiente colándose en tu bota. Un siseo entrecortado, un siseo vibrado. Me incorporé y miré debajo de la cama, después me asomé por la ventana. Nada podría provocar eso. Apoyé la frente contra el cristal, frío, y ahogué un suspiro contra los labios. Parpadeé varias veces y el siseo se convirtió en una especie de maullido amortiguado. La boca de un gato mientras era asfixiado contra una almohada se dibujó en mi mente. ¿Qué más podría sonar así? ¿La televisión demasiado alta de algún vecino? Me separé de la ventana y lo comprendí de golpe. 

Caminé hasta acercar la oreja contra la pared blanca que me separaba de mi hermano gemelo, y en efecto, allí estaba. Los gemidos lo suficiente disimulados como para que sus padres no se enteraran, pero no como para que yo no me percatara de ello. Quizás la habitación de ellos estaba insonorizada gracias a un hechizo. Pero claro, ¿para qué iba a hacer lo mismo con la mía? Aún nadie se acostumbraba a que también viviera en aquella casa. Ni siquiera yo. También podía escuchar a su novio, gimiendo más grave. Con tan solo unos segundos de escucha ya podía diferenciarles perfectamente. Teddy dejaba escapar cada sonido entre dientes, como si le costara abrir el grifo de ruidos guturales placenteros, pero una vez escapaban de su boca y se extendían por el espacio eran limpios, suaves, como gotas cayendo lentamente contra el lavabo. Billy en cambio se dejaba llevar, y los gemidos vibraban, se arrastraban, eran productos de una voz raspada, como si llevara fumando más de 20 años. Edad que ni siquiera había cumplido.

Debería sentirme asqueado. En mi mente sonaron todas las alarmas. Mi hermano, mi hermano gay, estaba haciéndolo con su pareja a escasos metros de mi persona. Y les oía. Les oía gemir contra los labios del otro, contra el hombro de su amante, contra su nuca cuando cambiaban de posición. Podía describir con toda calidad de detalles como rodaban sobre la cama y apoyaban las manos contra la pared. Sabía con total exactitud donde habían quedado abandonadas las sábanas, los milímetros que se movía el colchón a cada penetración, que ritmo era el que más satisfacía a ambos. Los gays follaban prácticamente contra mí. Pero no me sentí asqueado. 

Bajé la mano hasta la cinturilla de mis pantalones y colé los dedos tras la goma de estos y tanteé la tela de los calzoncillos. Una nueva luz desde la ventana hizo que el baile que solía interpretar la sombra del escritorio se hiciera esta vez sobre mi espalda. Me arrodillé y apoyé mi peso contra la pared blanca. La mano bajó hasta que no hubo tela que se interpusiera entre la piel de mis dedos y el de la carne que dormitaba entre mis piernas. Carne caliente, vibrante, latente, ¿viva? Carne que rodeé con la mano y que hizo que una descarga eléctrica me recorriera por la columna vertebral de arriba abajo. Cerré los ojos y tragué saliva mientras mi muñeca se movía, buscando la velocidad adecuada como para que los dedos de los pies se me movieran sin ser consciente de ello gracias a leves espasmos. Un cosquilleo se instaló en mi bajo vientre, como un torrente de hormigas caminando sobre la carne que vivía bajo la piel del ombligo. 

Saqué la mano y la lamí, dejándola resbaladiza por la saliva antes de regresar a la tarea de antes. Echaba de menos la boca de Lisa. Me gustaba como se arrodillaba y acariciaba mi cadera mientras me devoraba con dulzura. Su lengua me hacía desear la muerte cada segundo. Quería asemejar mi mano a su boca, oscura, caliente, húmeda. Extrañaba sentirme derretir contra ella, enredando mis dedos en su cabello, buscando su nuca y así rozar esa delicada porción de piel que se escondía bajo su cabellera. Me gustaría haber perdido mi virginidad con ella una y otra vez, repetir esas horas todas las veces que se me antojara. Ser el dueño de los moretones que se formaban en sus rodillas mientras me volvía esclavo de sus labios. ¿Kate lo haría tan bien como Lisa? En mi mente la boca cambió de dueña, y arrodillada frente a mí se encontró la arquera, y no la mutante de mis recuerdos. ¿Lamería tan bien como besaba? Poco a poco la imagen se transformó. Kate no sería de las que terminan bajo mí mientras me mantengo de pie. ¿Ella me mordería los pezones? Apoyé la cabeza contra la pared y la mano que mantenía libre viajó hasta el pecho, pellizcando la piel con poca delicadeza. Había logrado besarla, bailar con ella, oler la piel bajo sus orejas y memorizar el aroma de su gel de baño. Aún así algo dentro de mí me decía que se entregaría antes a Eli que a mí. Quizás eran de las que experimentaba. Kate podría ser liberal y ofrecernos un trío. ¿Lo aceptaría si lo hacía? Aumenté el movimiento de mi mano y ahogué un gemido gutural, dejando los pezones en paz y tapando mis labios con la mano. Ella estaría en medio, sobre sus rodillas, encima de la cama, con el pelo alborotado. Eli tumbado bajo ella, haciendo con la boca lo que toda mujer desearía en sus fantasías más secretas. Yo me acomodaría a su espalda, masajearía sus pechos, del tamaño de mis manos, y mordería sus hombros. Ella gemiría tan alto que no podríamos hacerlo sin que nadie se enterase. ¿La penetraría así, a su espalda? 

Las imágenes se distorsionaron y me costó seguir imaginando la escena. El placer me hizo echar la cabeza hacia atrás, dando un golpe con la cadera, curvando la espalda. Billy gemía más alto, y eso confirmó la teoría de que el cuarto de sus padres debía tener algún hechizo contra el sonido. Teddy le dijo algo, no presté atención sobre cual fue el contenido de la frase, pero pude escucharlo tan claramente como si me lo hubiera susurrado a mí al oído. Aquello fue suficiente como para que notara un temblor desgarrador que atacó mi cuerpo al completo. ¿Por qué la voz del novio de mi hermano me había excitado tanto? Debía sentirme culpable, pero no lo estaba. Seguro que Kate se reíría de mí si llegaba a enterarse de todo aquello, y pude vislumbrarla perfectamente a mi espalda, sentada en el borde de la cama, observando complacida la escena. Tommy, el heterosexual, masturbándose con los gemidos de su hermano gay y su novio. Pero no podía evitarlo. Era como si me llamaran, una llamada tribal hacia el sexo. La seducción hecha sonido. Una nueva luz hizo bailar a la sombra del armario a mi lado y mi mano me hizo prácticamente gritar. Si seguía así me iban a escuchar ellos a mí, y no me importó. Quería que lo hicieran. Quería estar en la misma habitación y oler el sudor recorrer sus pieles. Notar sus besos, caricias, susurros y mordiscos en mis propias carnes y no contra una pared. Quería sentirme deseado, necesitado. Importante. Sería el perro de cualquiera mientras la atención fuera hacia mí. Acompasé mis gemidos con los que escuchaba de Billy y la escena cobró vida. El trío de mi imaginación no había sido con Kate y Eli, sino con mi hermano y con Teddy. 

Estaba enfermo y me gustaba. Mi mano resbalaba contra mi piel y gritaba entre dientes mientras notaba los huesos de mi columna vertebral vibrar con vida propia. Debían de estar escuchándome, pero no pararon en ningún momento, no parecía importarles mi compañía en absoluto. El espectador había subido al escenario, pero no molestó a los protagonistas. Las paredes vacías se llenaron de historias que jamás ocurrirían y el polvo estático de trastero desapareció. Lo que me estaba excitando me convertía en un enfermo y me sentía totalmente cómodo con ello. Con Lisa devorándome como habíamos hecho aquella noche, con Kate observándome extasiada mientras Eli perdía sus labios y su respiración entre los pliegues de su carne mejor escondida, con mi hermano mordiendo mi nuca, colando sus dedos entre los huecos de mis costillas mientras su novio le penetraba lentamente, susurrando mi nombre antes que el suyo. Y fue en medio de esta escena irreal cuando exploté y me volví agua contra mi mano, manchando la ropa, gritando un nombre indescifrable contra la pared.

Billy fue el siguiente en llegar al clímax, conteniendo la respiración con una elegancia totalmente opuesta a la mía. Ying y yang al fin y al cabo. Cuando Teddy terminó fue como si alguien hubiera colocado la última pieza de un puzzle muy complicado. Escuché como rieron bajito, cómplices de algún secreto del que, quizás, yo era el protagonista. Pero no me importó. Yo también reí. El silencio volvió a reinar sobre ambos dormitorios, y los sonidos de las sábanas contra mi cuerpo cuando regresé a la cama, los neumáticos de algún coche sobre el asfalto más cercano, la ligera conversación que unos vecinos mantenían con las ventanas abiertas mientras recogían la cocina tras una fiesta... todo regresó a como estaba anteriormente.

Mientras los últimos espasmos del orgasmo abandonaban mi cuerpo cansado y nuevas luces procedentes de la ventana hacían que las sombras del armario comprado en rebajas, las del antiguo escritorio de mi hermano y las de la silla llena de ropa sucia volvieran a bailar en coreografías imposibles contra las paredes blancas de un cuarto que sentía un poco más mío, me di cuenta de que aquella noche no sería capaz de dormir en absoluto.

En la nariz - Gavroche

Se puso de puntillas sobre la maceta a la que había dado la vuelta y cogió la llave escondida en el marco de la puerta. Bajó de un salto y volvió a colocar todo tal y como estaba previamente, por si llegaban mientras él se encontraba dentro. 

No quería ver a sus padres; no tenía ganas de broncas.

Abrió la puerta despacio y cerró tras él sin hacer ruido. 

El piso no era muy grande, y a la mínima parecía desordenado. Y eso que su madre siempre intentaba adecentarlo todo, dejarlo limpísimo y muy arreglado para fingir que todo iba bien en su casa. Pero aquella mañana se podría decir que habían entrado a robar y nadie lo dudaría ni por un segundo.

Fue a la cocina y dejó la mochila sobre la encimera. La abrió y comenzó a rebuscar en todos los estantes: el final de un paquete de pan de molde, dos latas de atún, un bote de garbanzos cocidos, una red de patatas a punto de terminar, unas cuantas manzanas... Después se puso manos a la obra con el frigorífico, y un poco de mantequilla, tres huevos, un paquete de filetes de pollo y un queso volaron también a la mochila, junto con el resto.

No era mucho, prácticamente nada teniendo en cuenta que, sí, sólo se comprometía a alimentar a dos niños, pero siempre se acercaban más cuando ponían a cocer algunas verduras. Y él pasaba el suficiente tiempo fuera de casa como para tener que aprovecharse también de lo poco que robaba. 

Echó un último vistazo a la nevera y cerró la puerta, encontrándose a su hermana Azelma apoyada contra la pared, observándole en silencio con los brazos en jarras.

Gavroche pegó un respingo y dio un salto hacia atrás, notablemente sobresaltado.

– La madre que te... ¿tú sabes el susto que me acabas de dar?

– ¿Y te crees que tú a mí no? Estaba dormida y de pronto comencé a escuchar ruidos en la cocina – replicó ella.

– ¿Pero tú no tendrías que haber salido a ayudar a Éponine o a mamá?

– ¿Y tú no tendrías que estar en el colegio?

Touché. 

Se rascó el puente de la nariz y se giró para cerrar la mochila, ahora bien llena.

– Estoy haciendo la compra.

– Ajam.

– Pues sí. Mis hijos tienen hambre y yo soy un buen padre.

Azelma suspiró y desapareció por el pasillo que llevaba hacia los dormitorios. Gavroche aprovechó ese momento de intimidad para guardarse también un rollo de papel de plata.

Se echó la mochila al hombro y se sentó en el sofá. Ya que había sido visto, no podía marcharse sin más, tendría despedirse de su hermana mayor.

– ¿Y qué haces en casa? – preguntó, levantando un poco la voz para que pudiera escucharle.

– Tengo fiebre desde ayer y mamá no me ha dejado salir de la cama – contestó mientras regresaba al salón y se sentaba a su lado, cargando con una bolsa grande de tela –. Mira, comienza a hacer frio, y esta manta papá la quemó el otro día, por lo que puedes llevártela. También te he metido dos mudas limpias y un gel de baño. Si eres un buen padre tienes que mantener a tus hijos limpios, ¿de acuerdo?

Gavroche cogió las asas de la bolsa, y sin decir nada se apoyó contra el hombro de su hermana, dejando escapar un suspiro cansado. Se quedaron así varios minutos, en silencio, tan sólo disfrutando de la compañía del otro, hasta que uno de los vecinos del mismo piso salió de su casa, provocando que el ruido tensara al niño. 

– ¿Vendrás esta noche a dormir? – preguntó Azelma.

– Lo dudo. Quizás mañana o pasado.

La muchacha asintió, y Gavroche cerró los ojos mientras su hermana se ponía de pie a su lado y le arreglaba la bufanda, le cerraba el chaleco y le depositaba un beso en la punta de la nariz.

Maximiliene

El olor de la cena se cuela incluso a través de los cristales. Ha preparado una cena bastante exquisita, por lo que seguramente estén celebrando algo.

Un primero ligero, unas bolitas crujientes de foie con almendra, plato que observas cómo coloca en la mesa y que conoces de memoria ya que tu abuela suele prepararlo a menudo. El segundo es más denso, un solomillo de cerdo relleno de granadas, ¿cómo no? Estuviste escuchándole durante horas mientras practicaba el prepararlo, hablando sobre lo sencillo que era en realidad y que se encontraba a la altura de cualquier restaurante de lujo. El postre, una crema de frambuesa, aún sigue enfriándose en la nevera.

Una cena que haría la boca agua a cualquier comensal, por muy recatado que fuera.

Coloca en una hielera una botella de vino tinto, y justo en ese momento llaman a la puerta. Camina tranquilamente hasta ésta y abre sonriente. Y allí está ella, tras sus tres horas en la peluquería, su vestido más elegante (y con más escote), y todo aquel maquillaje en un intento de parecerse a una modelo de revista. En cuando da dos pasos te percatas de que los zapatos que lleva le hacen daño, ya que seguramente llevan más tacón de lo que está acostumbrada. Aún así, él la besa, y le dice que está radiante, aunque sea más que evidente que todo lo que ha hecho destacaría menos que si se pusiera una flecha de neón gigante en la cabeza junto con un cartel que anunciara “hey, mírame, estoy muy buena, ¿de postre follamos?”. Pero Lucien siempre las ha preferido así. Y eso que él no necesita nada de eso realmente.

Porque lo que necesita... bueno, eres tú.

Con tus cabellos revueltos a causa del viento que hay a esa altura; la camiseta unas dos tallas más grande, recortada por el cuello, provocando que según cómo te muevas se quede al aire gran parte del sujetador; los pitillos desgastados y con algunas roturas; con esas botas que tu madre lleva diciendo varios años que jubiles; y sobre todo, con tus ganas de subirte hasta un décimo, a espiar a tu hermano.

Te apartas del cristal y bajas la mirada hacia la acera que hay varios metros abajo, observando los coches que pasan en ambas direcciones mientras te preguntas en dónde puede haberla conocido. ¿En el trabajo, quizás? Puede sonar algo truculento, pero no es imposible. Una viuda desolada siempre necesita apoyo, o una novata en el tema de las autopsias que buscaba algún mentor.

Escuchas como la chica comenta en el salón lo rica que está la comida.Vuelves a mirar al interior, y Lucien pone esa cara que pone siempre cuando espera que digan algo más, pero ella permanece callada. La muchacha no parece tener muchas luces, por lo que si su hermano la ha elegido será porque folla genial, no por sus dotes de conversación.

Al final desisten en eso de charlar, y se dedican a mirarse y a intercambiar sonrisas durante todo el primer plato, y tienes que contener las arcadas que te suben por la garganta. Por favor, ¿y esa escenita? Sólo han sido sonrisas, nada más, pero para ti ya es demasiado.

Porque Lucien está sonriendo para ella, no para ti. Al igual que también ha preparado aquella cena para ella y no para ti. Y eso te repatea, te araña desde dentro. Aunque lo que peor te sienta es que sabes que si él hiciera algo así por ti te reirías en su cara. Esas cosas se tienen con las parejas, no con las hermanas. Le dirías que se dejara de tonterías y le invitarías a una cerveza en el bar más cercano.

Pero entonces, ¿qué haces espiándole?

Sufrir, eso es lo que haces, sufrir como una estúpida. Porque quieres que Lucien te trate así aún a sabiendas de que jamás le corresponderás. Eres peor que el perro del hortelano, ni comes ni dejas comer. Ni lo quieres tener ni dejas que nadie más lo tenga. Nacisteis juntos, y sólo por eso te crees con el derecho divino a ser su ama y señora.

Odias quererle tanto.

Dentro han terminado el primer plato, y Lucien se ha levantado para ir a la cocina. Te asomas un poco más y vigilas como ella acaricia el mantel con dos dedos, como suspira y se sirve otra copa de vino, ligeramente nerviosa. Seguro que en verdad no es una mala chica, y puedes poner una mano en el fuego a que seguramente esté enamorada de tu hermano de verdad.

Pero ella no puede ser para él, porque no le conoce. Aquella chiquilla emperifollada no tiene ni la más remota idea de que Lucien se convierte en lobo cada luna llena; ni que come carne cruda mientras disecciona cuerpos en su trabajo; ni que sigue usando pasta de dientes para niños; ni se sabe de memoria todas las frases de sus libros favoritos, y le completa las citas cuando las dice en voz alta.

Tampoco sabrá que su sonido, ese que nadie más que tú puede oír, es la melodía de...

– ¡Lucien! ¡Lucien, hay una mujer en tu ventana!

Estabas tan ensimismada que te han descubierto. Una asesina a sueldo pillada en medio de un espionaje, eso es algo que sólo te podía pasar estando tu hermano involucrado.

En fin, de perdidos al río, ¿no? No vas a saltar diez pisos abajo sólo para que esa chica pueda seguir cenando con Lucien. Además, estás más que segura que él sabía desde el principio que estabas allí. Siempre lo sabe.

– ¡Buenas noches! – gritas triunfante, abriendo la ventana y colándote en el salón –. ¿Qué hay de segundo?