Cosette. Ése era su nombre. Una
c, con una o, una s, una e, doble t, y e. C-o-s-e-t-t-e. Su mera pronunciación
me repugnaba.
Significa “la victoria del
pueblo”. El mío significa “Diosa de los caballos”. Yo podría haber sido una
Diosa, pero el pueblo me ha matado, ya no me adora, no me venera, el pueblo ha
triunfado sobre los Dioses. Cosette sobre Éponine.
La primera vez que lo escuché
me asqueó tanto que tuve que reprimirme las ganas de vomitar. Cosette suena a
puta, a perra, a zorra, a furcia. Cosette no es un nombre bonito, es repulsivo.
Pero a él le gusta. Él lo
adora. Él lo ama.
Él la ama.
Cuando ‘Parnasse dijo que se
aburría, la idea saltó de golpe en mi mente. No me lo pensé demasiado antes de
proponérselo. Conozco bien sus gustos como para saber de sobra que aquel plan
le encantaría. Y además, era rápido. La había seguido tantísimas veces que no
había margen de error.
Se despiden en la puerta de la
biblioteca, ella llama a su padre y comienza a caminar por el parque para
encontrarse con él al otro lado. Luego se van juntos en coche hasta su casa.
… comienza a caminar por el
parque.
Sola.
No había nada que pudiera salir
mal. La peluca y las gafas estúpidas impedirían que llegara a reconocerme.
Aunque, total, la última vez no lo había hecho. No había sido capaz de
reconocer a aquella chica que había logrado que estuviera ahora con “el amor de
su vida”, aquella con la que años antes había compartido casa.
Cogí un cuchillo y me lo metí
en la bota antes de salir. Por el camino me fui contagiando de la alegría de
‘Parnasse, de esa ilusión infantil, idéntica a la de un crío antes de abrir los
regalos de Navidad. Permití que mi mente quedara en blanco, y que mi cuerpo y
acciones fueran regidos tan sólo por el corazón.
Desde lejos les observamos, y
tuve ganas de vomitar.
Cómo le acariciaba las manos,
cómo le colocaba el cabello, cómo se miraban, cómo se susurraban, cómo se
besaban. Cómo se echaban de menos a los dos segundos de haberse separado.
La seguimos a cierta distancia,
en silencio, sigilosos como dos gatos negros. Y, poco a poco, ella se fue
quedando sola, únicamente protegida por los bancos y los árboles del parque,
custodiada por los juegos para niños que quedaban abandonados al anochecer y
que flanqueaban su propio camino.
Corrí sobre el césped, sin
hacer un solo ruido, y logré salir al sendero de baldosas amarillas justo
enfrente de la pequeña, adorable, y puta, Dorothy.
—
Hey — le dije — ¿Sabes cómo puedo salir hacia la calle principal?
Ella,
oh, santa e inocente, llena de buenas intenciones, dijo que la acompañase, que
ella iba en la misma dirección. Incluso me advirtió sobre no pisar las grietas
que había en el camino a causa de unas obras. En ese momento, su linda cara
casi provocó que me detuviese en seco.
Odiaba
que fuese tan guapa. Con ese cabello tan parecido al mío, del mismo tono; y
esos labios carnosos; las mejillas sonrosadas; la barbilla redondeada; con
aquellos hoyuelos que aparecían cuando sonreía, sonrisa que deseaba abofetear. La
odiaba tanto que me costaba incluso respirar.
Tras
hacer la señal, ‘Parnasse apareció a su espalda, y tras vendar sus ojos y tapar
su boca, pudo llevarla casi en volandas hacia unos arbustos alejados.
Forcejeaba y su respiración se aceleró. Aquello era lo
que más deseaba desde que supe de su existencia.
Mientras
él la mantenía firme en el suelo, amenazándola con la navaja al cuello so pena
de rajárselo si gritaba, yo me coloqué entre sus piernas y deslicé una mano
bajo su falda.
— No
te preocupes, pequeña alondra, esto no te va a doler.
El
decir aquella mentira hizo que me creciera más. Tenía todo el poder en mis
manos, aquellas que llegaron hasta su ropa interior y que desgarraron,
tirándola lejos de nosotros.
La
Dorothy con los zapatitos de rubíes lloraba. Y me daba igual. Ella también me
había hecho llorar a mí al tocar lo único que era mío de verdad. Lo único que
yo amaba hasta doler. Lo único que arrojaba un poco de luz a la mierda que era
mi vida. Y ella había metido sus estúpidos dedos donde no debía.
Aquello
se lo merecía.
‘Parnasse
comenzó a morder su nuca; a toquetear sus pechos por encima de la ropa,
pellizcando los pezones. No tardaría en pedirme que se la dejara a él. Tenía
que darme prisa.
Saqué
el cuchillo de la bota y me incliné sobre ella, notando el calor cargado de
terror que emanaba de su entrepierna cuando me acerqué. Iba a desatar la venda
que impedía que viese y le arrancaría un ojo. Me lo llevaría a casa, y lo vería
marchitarse.
Así
ya no sería tan bonita, ni tan guapa, ni tan atractiva. Así daría todo aquel
asco que me daba al verla. Sería tan repulsiva para el resto como lo era para
mí.
Quité
la tela de sus párpados, llevé la punta del cuchillo hacia aquellos ojos que
cerró con fuerza al temerse lo peor…
… y
no pude hacer nada.
Me
quedé estática, escuchando los ruidos que ‘Parnasse hacía contra su nuca y
hombros, ya desnudos; escuchando su llanto contenido, temerosa de que le
cortasen el cuello; escuchando los latidos de mi propio corazón. De mi roto y
podrido corazón.
Yo
podría haber sido una Diosa, pero el pueblo me ha vencido.
Ahora,
quien daba asco, era yo.
Volví
a vendarle los ojos y me separé, como impulsada por un resorte, momento que
aprovechó ‘Parnasse para colocarse en mi sitio y terminar de desnudar su torso,
mordiendo sus pechos al aire.
Éponine sonaba a puta, a perra,
a zorra, a furcia en esos momentos. Éponine había dejado de ser un nombre
bonito, ahora era repulsivo.
Quería
que tuviera miedo, que experimentara el terror real. Deseaba que nunca más
pudiera volver a dormir, que mantuviese para siempre aquel ojo, el único que le
iba a dejar, abierto, muerta de miedo ante la posibilidad de que volviésemos a
por ella.
Porque
ella me había hecho llorar. Llorar de verdad.
Aproveché
un momento en el que ‘Parnasse la incorporó un poco, para coger una piedra y
correr a colocarme tras ella, golpeándola en la nuca. Él no tardó en darse
cuenta de que la había dejado inconsciente, y su mirada cargada de odio se
clavó en mis ojos.
—
¡Joder, es que no me escuchabas! ¡Viene alguien! — me inventé, pero aquello
funcionó a la perfección.
Nos
conocíamos bien, y también conocíamos muy bien aquel tipo de trabajo, de
diversión, de vida: acallar a la víctima y huir igual de sigilosos que como
habíamos llegado.
‘Parnasse
sacó un paño, lo humedeció con el alcohol de una petaca, y con este limpió la
piel de la pequeña Dorothy, borrando toda prueba que sus labios pudieron haber
dejado. Yo corrí hasta recuperar sus bragas, y en un tiempo record ya estábamos
huyendo de aquel parque.
Llegamos
al local, y él comenzó a gritarme.
—
¡Dijiste que nunca pasaba nadie por allí a esas horas! ¡Que era imposible que
nos pillaran! — me gritaba.
Me
empujó, me escupió, me abofeteó varias veces, y cuando por fin se calmó, se
marchó para poder quemar las bragas y borrar todas las pruebas. Pero yo hubiera
deseado que siguiera pegándome.
Quería que me dejara marcas,
que me hiciera llorar tan fuerte que me quedara afónica, que lograra dejarme
inconsciente como yo había hecho con ella.
Lo único que pretendía en un
principio era decirle que sacara sus sucios dedos de mi pastel. Pero había sido
yo quien había metido los dedos más repugnantes del mundo en el único pastel
que era blanco y estaba entero, que nadie se había intentado comer.
Ella me había hecho llorar,
pero yo había hecho exactamente lo mismo. La había hecho llorar, a ella.
A quien él amaba.
A aquello que él ama. A aquello
que él adora.
Había hecho llorar a Cosette.
La primera vez que había
escuchado su nombre me asqueó tanto que tuve que reprimirme las ganas de
vomitar.
Cosette. Porque ése era su nombre.
Una c, con una o, una s, una e, doble t y e. C-o-s-e-t-t-e.
Significa “la victoria del
pueblo”. El mío significa “Diosa de los caballos”. Yo podría haber sido una
Diosa, pero el pueblo me ha matado, ya no me adora, no me venera, el pueblo ha
triunfado sobre los Dioses.
Cosette sobre Éponine.
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