Entraron a la cocina con sonrisas pícaras, y echaron a los elfos domésticos de ella, cerrando las puertas y riéndose bajito, como dos niños traviesos.
– Saca cuatro manzanas, ¡rápido! – ordenó Deneb con los brazos en jarra.
– ¿Ahora tú eres el capitán, Wendy?
– ¡No! ¡Non, mon prince! – su risa inundó la cocina – Pero, ¿quién sabe cocinar de los dos?
La pregunta fue contestada por Regulus sacando la lengua burlón antes de obedecer y sentarse en la mesa con las cuatro manzanas y el pelador. Y mientras él las desollaba, intentando lograrlo de una sola vez para conseguir las largas pieles en forma de espiral, Deneb sacó el resto de los ingredientes y comenzó a precalentar el horno.
– ¿Dónde quieres que nos tomemos el pastel? ¿En el porche?
– ¿O enfrente de la chimenea?
– También podemos hacer un picnic en el acantilado.
– ¡Oui! Así podría recolectar algunas flores.
Sus voces sonaban vivaces, alegres, mientras descorazonaban las manzanas y las cortaban en trozitos antes de que Deneb se levantara y las pusiera a cocer en una cazuela roja sin agua, junto con una cucharadita de azúcar, la ramita de canela y...
– Échale también un poquito de licor de naranja – indicó al eterno adolescente de cabellos oscuros.
– ¿Cuánto?
– Medio vasito.
Regulus sacó su molde favorito, el que tenía forma de escoba voladora, y Deneb caramelizó tres cucharadas de azúcar con un poco de agua. Cuando ésta tomó un tono dorado, la vertió dentro del molde.
– Las manzanas ya van a estar, mon coeur – comentó el joven Black apoyado en la encimera, vigilando la cazuela que aún seguía en el fuego.
– Excelente – ella vació los tres huevo batidos con un poco de azúcar en un bol antes de volver la mirada hacia la de Regulus – ¿Puedes sacar la ramita de canela y echarme las manzanas aquí?
– ¡Claro!
– ¡Pero cuidado y no te quemes!
El joven inglés sonrió de lado, y mientras obedecía a la orden dada con todo el cuidado que pudo tener, depositó un beso en la mejilla de Deneb, logrando una sonrisa idéntica a la propia.
Tras machacar las manzanas y mezclarlas bien con el huevo, se echó todo en el molde, y éste fue metido en el horno durante media hora. Treinta minutos que ambos cocineros aprovecharon para bailar por la cocina, tarareando canciones que recordaban de las pocas fiestas a las que habían asistido en su antigua vida. Se movieron cogidos de las manos, coordinando sus pasos entre besos y risas, intentando no perder el ritmo.
– ¡Espera! Se me había olvidado el chocolate – recordó Deneb cinco minutos antes de sacar el pastel del horno.
Regulus rió su despiste, sentándose sobre la mesa, dejando sus piernas colgando, observando intrigado como su pareja derretía cuatro onzas de chocolate con un vaso de agua en la misma cazuela donde habían cocido las manzanas.
Y así, tiempo después, con el postre desmoldado, el chocolate derretido cayendo en cascada desde la superficie del pastel hasta el plato blanco como la nieve en el que descansaba, los dos adolescentes decoraron su creación con hojitas de menta y grosellas del mismo color de la cazuela.
– Huele muy bien, ¿a que sí?
– Oui, mon amour.
– ¿Crees que el olor se nos quedará impregnado en la ropa?
– ¡Eso espero!
Ambos rieron, juntando sus frentes en un gesto tierno, dedicándose sendas sonrisas entre el humo que ascendía de su pastel aún caliente.
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