Amén

Noto su mirada clavada en mi nuca y siento que las piernas comienzan a temblarme. Es gracioso que me imponga más un sólo hombre que toda la asamblea nacional reunida para el juicio del que, hasta hace tan poco tiempo, había sido nuestro rey. Nuestro soberano. Nuestro amo y señor. Un hombre hecho dios. Giro lentamente el rostro y me encuentro con su faz, serena, como si nunca nada le perturbase lo más mínimo. Como si todo aquel circo que esta a punto de dar comienzo fuera una simple obra de teatro en la plaza de un pueblo. Alguien tan joven e inexperto como yo tiene la oportunidad de hablar ante cientos de personas, tengo en mis cuerdas vocales el poder de hacer historia, y lo único que me preocupa es que él me de su aprobación. ¿Dónde quedó el autor de Organt? ¿Y el revolucionario de la fiesta de la federación?

– ¿Estás nervioso, Louis Antonie?

– ¿Debería estarlo? – respondo mordaz.

Él se acerca con las manos cruzadas sobre su pecho, solamente destrenzándolas cuando nos quedamos a escasos centímetros de cercanía. Posa una mano en mi hombro y sonríe, ligero, tranquilo. 

– No te habrían elegido para este cargo si no fueras merecedor de él.

– ¿Eso debería infundirme más ánimos?

– Al menos calmarte.

– No quiero calmarme... quiero gritar. Estoy ansioso.

Maximilien sonríe con más fuerza, terminando por contagiarme a mí también. Soy un hombre con las emociones de un chiquillo. 

– Cierra los ojos, imagínatelo ya en el estrado, esperando su juicio. ¿No te dan ganas de adelantar los acontecimientos y ejecutarle de una vez? – sonrío con más ganas y suspiro, dando un paso hacia atrás, comenzando a gesticular con las manos – ¿No deseas ver su cabeza separada del cuerpo, igual que él ha hecho con el pueblo? Sí, porque eso es de lo que se le acusa. De cómo arrancó la cabeza a su pueblo y la exhibió por toda Europa, vanagloriándose de tener el mejor estado del mundo, mientras el cuerpo se quedaba aquí, en el fango, siendo devorado por lombrices y ratas – paro de golpe y miro fijamente a Robespierre –. No es posible reinar de un modo inocente.

Un silencio cae sobre nosotros y el sonido de los pasos de la gente entrando a la sala contigua llena mis oídos. Es un torrente de piedras que cae sobre la ladera para sepultar al gigante. Maximilien me sostiene la mirada, y cuando se muerde el labio inferior, me insuflo de energías para continuar hablando.

– Mandaba dinero a las Américas para liberar a su gente, pero aquí devoraba el pan que les correspondía a sus súbditos. Y su mujer – una pequeña risa afilada aflora de mi garganta y escapa entre mis dientes –, ella tampoco se queda atrás. La “perra austriaca”, que a buena hora tuvo de llamarla la du Barry, que se viste con las telas que deberían abrigar a las mujeres que friegan el suelo por donde ella anda. Él, escondido tras su cerraduras, y ella, bajo las faldas de la Polignac – me acerco a él poco a poco y susurro –. Una reina que prefiere besar los labios íntimos de una mujer antes que gobernar, no es una reina.

Ambos sonreímos de nuevo, aunque esta vez es una sonrisa sutil, ladeada, pícara, como si temiésemos porque alguien la viera. ¿A quién deberíamos temer si esta sonrisa nos hace portadores de la libertad de ser franceses, de ser personas, de ser libres? Mi corazón late con fuerza, y mi respiración se agita. Mi pecho se convierte en un volcán y su lava sube hacia mi boca dispuesta a abrasar todo a su paso.

– ¿Y aún así se merecen un juicio? – niego y me echo hacia atrás, retrocediendo sobre mis pasos, alzando la voz de nuevo – ¿Cuando, a pesar de ser conocedores de sus pecados, tienen la desfachatez de pedirles a los austriacos que nos ataquen para ser liberados? ¡Si así de pesada fuera mi carga, gustoso me tiraría a la guillotina, para que al menos mi sangre alimentara a la tierra que mi carne ha humillado! En las ciudades hay centenares de hombres agonizantes que se arrastran por el barro en busca de un ápice de libertad que les quite las cadenas que les han ahogado durante generaciones. En las afueras hay millares que ya no pueden ni moverse. ¡Un pueblo debe ser gobernado por el propio pueblo! Por personas que hayan mirado a los ojos al hambre, al frío, al dolor y a la muerte. Personas que hayan gritado en el más absoluto de los silencios, y cuyas plegarias supliquen en pos de su nación y no del bienestar propio.

Tiemblo, noto cada centímetro de piel vibrando acorde a mi respiración agitada. Soy un perro de caza que ya huele la sangre del conejo herido. Quiero llorar y reír al mismo tiempo. Mi voz va a ser escuchada por las armas que segaran el campo marchito. Y él, el ángel humanizado que ha hecho que todo esto se lleve a cabo, quien ha inspirado mis más realistas y revolucionarios pensamientos sobre la libertad, me mira embelesado como si mi diatriba fuera ambrosía llovida desde los cielos. 

– Vuelve a imaginártelo, con su pelo raído a causa de años con la empolvada peluca, de pie en el estrado, vomitando palabra tras palabra clamando por su inocencia. Dime qué ves, ¿a un rebelde o a un usurpador? Porque siendo rey, sólo se puede ser uno de ambos.

No veo cuando se acerca, ni escucho sus pasos, ni el roce de su ropa. Es como si me hubiera desvanecido del mundo durante unos segundos, volviendo gracias a sus labios posados sobre los míos. Son cálidos, húmedos. Su respiración es nerviosa y se posa con gentileza sobre mi piel. Busco sus manos con las mías y las aprieto con fuerza antes de corresponder al beso. El mundo se queda en silencio y noto como todo se coloca en el sitio que le corresponde. Somos una de las cerraduras del rey caído, un puzzle completado que suena al girar los engranajes correctos. He sido bendecido con el nuevo Dios de la libertad contra mi carne. 

– Que tus palabras afiladas con la verdad sean las cuchillas que desgarren su carne y quebranten sus huesos – murmura pegado a mí, dejando que cada palabra muera contra mi boca –. Que tu voz se eleve sobre sus susurros sibilinos.

– Amén – digo sin pensar. Un nuevo beso me impide arrepentirme. 

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