En el hombro - Eponine



Frunció el ceño un poquito más y comenzó a tamborilear con fuerza sobre la mesa al observar cómo Marius suspiraba lastimeramente por sexta vez en menos de diez minutos. Le había mandado aquella tarde un mensaje proponiéndole quedar, y Eponine, obviamente, había aceptado sin dudarlo. Aunque, a esas alturas, comenzaba a arrepentirse de haberlo hecho.

— Tete, ¿me has invitado a tomar algo para que te admire como en un museo?

— ¿Qué? — musitó como única contestación.

— Niño, eres más raro que un perro verde. Si has quedado conmigo será porque quieres que hablemos, ¿no? — levantó la lata de Coca-Cola y le dio varios sorbitos —. Porque si no saco el móvil y comienzo a buscar wifi.

— Es que me siento culpable por no haber ido hoy a la biblioteca — aquello fue un duro pinchazo en el pecho de la joven. Por un lado, él había decidido quedar con ella antes de ir a ver a su “Alondra”, pero no había que ser muy listo para darse cuenta, como bien había puesto él con palabras, que deseaba estar en otro lugar.

— ¡Ay, la madre que te ha parío’! ¡Que la muchacha no se va a morir por no verte un día!

— Ya lo sé, ya lo sé… — Marius esbozó una sonrisa ladina mientras extendía una mano y acariciaba la de Eponine — Perdóname, es sólo que estoy totalmente loco.

¿Quién podría resistirse a eso? La Thénardier se quedó sin respiración durante unos segundos, tiempo en el que sus mejillas se colorearon notablemente y su pulso se aceleró de golpe. Retiró la mano y comenzó a arreglarse el cabello, como un tic nervioso, aunque enseguida regresó a su sitio, aceptando las caricias.

— No te preocupes, tonto — Eponine le dedicó la sonrisa más dulce que pudo ofrecerle mientras entrelazaba los dedos con la mano de él —. Pero entiende que no soy idiota. Si querías verme con tanta urgencia es que algo importante querrías contarme, y nene, a mí no me mola eso de ir perdiendo el tiempo por la vida.

— Tienes razón — el muchacho tomó aire, y armándose de valor durante un parpadeo lento, su rostro cambió el semblante a uno más decidido — ¿Podrías hacerme un favor?

— Cualquier cosa — dijo, casi demasiado rápido.

— ¿Puedes conseguirme el nombre y el número de mi Alondra?

Aquella pregunta partió algo dentro de Eponine, algo que había comenzado a crecer a través de las caricias que ambos se iban prodigando en las manos, y que subía por el brazo, bajaba por el hombro, paseaba por la clavícula, y finalmente anidaba en el pecho. Hizo crash y se rompió en mil pedazos.

— ¿Y por qué no se lo pides tú? — contestó de forma cortante.

— No me atrevo… — murmuró con un hilo de voz.

— ¡Olé, tú! Osea, ¿me estás diciendo que tienes los huevos tan grandes como una casa para dejaros notitas en las mesas de la biblioteca, lanzaros besitos y miraditas, hacer como que no quiere la cosa de rozaros las manos cuando pasáis al lado del otro, y no puedes, simplemente, acercarte un día y pedirle su puto número? ¡Es que hay que tener los huevos cuadrados, tío! ¡Qué no eres capaz ni de preguntarle cómo se llam…!

Marius soltó de pronto la mano de su amiga y dio sendos golpes con los puños sobre la mesa, haciendo que una de las latas de Coca-Cola que se estaban bebiendo temblara peligrosamente.

— ¡Pues no! ¡No me atrevo! ¡Tengo miedo de hablar con ella directamente! ¡¿Contenta?! — gritó Pontmercy antes de levantarse y caminar hacia la ventana, mirando hacia fuera con los brazos cruzados sobre el pecho.

Eponine se quedó estática, intentando permanecer impasible, tranquila, como si aquello no le hubiese afectado en absoluto, aunque por dentro tuviera el corazón en la garganta y las lágrimas estuvieran luchando por aflorar. Contó hasta diez y respiró hondo, serenándose, acomodándose de nuevo tras aquella máscara en la que parecía que nada le importaba.

— Nene — le llamó, pero ni siquiera se inmutó —. Venga, tete, te estoy hablando.

No obtuvo ninguna respuesta, ni siquiera una señal de que éste le hubiera escuchado. Seguía mirando enfadado hacia la nada a través del cristal de la ventana, y eso sólo provocaba que ella notara un nudo en la garganta que comenzaba a dejarla sin aire para poder respirar. Se asfixiaba al pensar que Marius se hubiera enfadado con ella.

Eponine se puso en pie y caminó hasta colocarse justo a la espalda de él. Eran más o menos de la misma altura, y aún así ella se sentía tan pequeña a su lado…

— Está bien. Iré contigo a la biblioteca y le haré una encerrona en el baño de las chicas o algo así. Espero que a una niña pijilla como ella no le dé asco ir a un servicio público.

La reacción que recibió tras su declaración de rendirse ante el favor que él pedía fue mucho más grande de lo que podía haberse imaginado. Marius se dio la vuelta de golpe y la abrazó con fuerza, levantándola en vilo y girando con rapidez. No cesaba de agradecérselo, de prometerle que se lo compensaría, alabándola con que era la mejor amiga del mundo y que se alegraba de tenerla cerca.

Eponine rio, sin aire, y se dejó hacer, bebiendo de aquel momento como si nada más pudiera insuflarle vida, y dejó que un pequeño beso sobre su hombro fuera su única respuesta.

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