Se
quedó quieto, con la mano en la mejilla, observando cómo las dos figuras se
marchaban calle abajo. El pequeño caminando a saltitos al lado de su hermana,
contento, saboreando ya su cena deseada. Mientras tanto, ella parecía que iba
flotando, había sido liberada durante unas horas de una carga muy pesada, y
ahora notaba como si pudiera salir volando sin necesidad de preocuparse por
nada. Su trenza se balanceaba sobre su espalda de un lado a otro, y Feuilly no
perdió de vista ni uno solo de dichos movimientos hasta que no desaparecieron
tras la primera esquina.
—
Pero, ¡qué escena tan enternecedora! ¡Es digno de salir en algún programa para
viejas que ponen por la televisión en la tarde! Si se escribiera bien podría
ser una comedia romántica. ¿Cuánto falta para que os volváis a encontrar y te
la folles contra una pared?
Aquella
voz, aquellas palabras, rompieron la pequeña burbuja de felicidad en la que
Feuilly se había sumido. No tuvo que pensar mucho, realmente nada, para
reconocer a quién pertenecía aquel discurso. Tomó aire y se giró despacio,
apareciendo en su campo de visión aquellos ojos que conocía tan bien y que
hasta hacía unos pocos años, eran los de un niño deseoso de salir de la vida de
la calle.
—
Falta el mismo tiempo que para el día en que dejes de ser un gilipollas y hagas
algo de provecho con tu vida.
Los
dos hombres que tenía frente a él reaccionaron de formas completamente
distintas. El más alto, que portaba unas gafas de sol (hecho totalmente
sorprendente, teniendo en cuenta la hora que era) provocando que su cara quedara medio cubierta,
se quedó tal cual estaba, incluso podría decirse que su presencia se volvió más
imponente sin siquiera mover un solo músculo del cuerpo. Mientras tanto, el
joven estalló en carcajadas, haciendo que los colgantes que llevaba al cuello
tintinearan un poco.
—
Oh, Jeróme, siempre tan divertido. ¿Cuándo éramos pequeños eras tan cursi? Me
refiero por lo de la putilla ésa — comentó mientras señalaba con el dedo hacia
la esquina por donde la chica había desaparecido.
—
¿Y tú siempre has sido tan estúpido…? ¿Cómo te haces llamar ahora?
—
Montparnasse — la voz con la que pronunció su nombre fue la más orgullosa que
Feuilly había escuchado en mucho tiempo.
—
¿Por qué no simplemente seguir usando tu verdadero nombre? Dismas es el santo
patrón de los cabrones como tú. Creo que te pega.
—
Nah, paso. Además, el barrio de Montparnasse está precioso en esta época del
año — comentó con sorna.
—
Claro, es que utilizar el apellido Feuilly era demasiado decente para ti.
—
A diferencia de ti, a mi no me gusta llevar nada que me haya impuesto el
gobierno sin mi consentimiento. Ni siquiera un apellido — una sonrisa burlona
se dibujó en sus labios —. Y más si es un apellido tan horrendo. Te queda bien,
Jeróme.
—
Igual de bien que llevar tú un guardaespaldas — indicó, señalando con la mirada
al hombre de las gafas de sol.
—
¿Claquesous? ¡Qué va a ser mi
guardaespaldas! Es mi puta; tú tienes la tuya y yo tengo la mía.
—
Vigila lo que dices, niñato — dijo el interpelado, arrancando una sonora
carcajada a Montparnasse.
Feuilly
les observó en silencio durante unos segundos. El joven (que no tendría más de
20 años, si es que llegaba) se giró para sacarle la lengua al mayor, cuya única
reacción fue bajarse ligeramente las gafas y mirarle directamente a los ojos,
severamente. Aquello no hizo nada; no logró que el otro dejara de reírse, ni
que la tensión que parecía haberse formado se desvaneciera. Era irónico el
hecho de que, cinco o seis años atrás, él habría protagonizado la misma escena
junto a Montparnasse, ocupando el lugar de Claquesous.
Todo era demasiado igual y demasiado distinto como para que Feuilly no se
sintiese incómodo. El estar cerca de ese joven hacía que aún algo escondido en
su pecho le diera pinchazos.
Comenzó a caminar calle
abajo, deseoso de perderles de vista, de olvidarse de aquel encuentro, de
llegar a su casa y poder cenar tranquilamente, descansar del trabajo y
organizar todo para el día de mañana. No tenía por qué seguir aguantando algo
que no le era agradable. Pero, como algo en su interior le advirtió, en cuanto
dio los primeros pasos Montparnasse volvió a prestarle atención.
—
¿A dónde crees que vas, Jeróme? Primero apareces sin saludar y ahora te vas sin
despedirte, ¿qué clase de modales son esos?
Se
giró despacio, sabiendo qué era lo que iba a suceder a continuación. Habían
pasado demasiados años juntos como para no conocer a la perfección el
comportamiento del otro. No hizo amago ni de apartarse, ni de hablar, nada.
Dejó que Montparnasse llegara hasta él, se abrazara a su cuello y lamiera la
mejilla donde había querido conservar el beso de aquella muchacha. El chico rió
entre dientes ante su hazaña, y después besó él mismo el propio sitio que
acababa de profanar.
—
¿O es que preferías el de esa puta? Puedo traértela, ¿sabes? Y puedo pedirle
que te bese mejor en otro lugar — susurró con un deje lascivo contra su oído,
provocando el corazón de Feuilly latiese más rápido y apretara la mandíbula con
fuerza — ¿Te gustaría, Jeróme?
Antes
de que Montparnasse pudiera separarse, sonriendo altivo, le cogió del brazo
izquierdo, obligando a bajarlo de su cuello, manteniéndolo palma arriba. Apretó
los dedos contra su muñeca y sobre la carne que descansaba antes de llegar al
codo. El joven forcejeó un poco, pero se dejó hacer, curioso por la
contestación que iba a recibir.
—
¿Sabes qué me gustaría, Dismas? Que termines de agujerearte el brazo cada noche
y nos libres a todos de tu presencia de una vez.
Ambos
sabían que aquella sugerencia no era sincera, que Feuilly sufriría demasiado si
él, que había sido su hermano pequeño, moría. Pero el haberlo dicho dolía para
las dos partes; era doloroso pronunciarlas y humillante el escucharlas.
Claquesous notó la
tensión que se había formado de pronto entre ellos, y no quedó impasible cuando
Feuilly cogió el brazo de su compañero con fuerza. Metió la mano en el bolsillo
y sacó algo, que quedó oculto bajo la manga de su abrigo. Aunque, para qué
engañarse, todos sabían qué era.
Montparnasse logró
zafarse del agarre de Feuilly, y parecía que iba a decir algo, justo en el
momento en el que un coche dobló la esquina y tocó el claxon dos veces.
—
Salvado por la campana — dijo el hombre con las gafas mientras se volvía a
guardar en el bolsillo aquello que había recién sacado.
El
coche paró al lado de los tres y alguien desde dentro abrió las puertas del
copiloto y la de atrás, en una clara señal de que dos personas subieran, y
rápido.
—
¡Claquesous, Montparnasse! — gritaron para corroborar el gesto.
El
primero se giró y caminó tranquilamente hasta el vehículo, subiéndose al
asiento del copiloto y cerrando tras él, sin mediar una sola palabra más, ni
una última mirada a la escena que acababa de dejar atrás.
—
Parece que te esperan tus amigos, Dismas. Si no os vais ya, se os hará muy de
noche para ir a jugar al parque.
El
interpelado se quedó serio durante unos segundos, sumido en mil pensamientos
que Feuilly no pudo interpretar a través de su mirada. Finalmente sonrió e hizo
una profunda reverencia.
—
Ya nos volveremos a ver, Jeróme. Y me contarás qué ha pasado con la historia de
tu putilla — murmuró lo bastante audible como para que pudiera oírle antes de
irse hacia el coche y, al igual que había hecho la chica de la trenza,
desaparecer de su vista, dejándole con una mano sobre su mejilla.
Pero
en vez de para preservar lo que había pasado sobre su piel, para borrarlo.
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