El
verano está próximo. Los días comienzan a ser cada vez más largos y las noches
se desvanecen como un suspiro.
Poco
a poco, el calor aumenta conforme pasa el tiempo, y en las horas más ardientes
del día, cuando la piel se encuentra empapada debido a las mil gotas de sudor
que manan de los poros, un aire traicionero se eleva desde las afueras de la
ciudad, y arrastra hasta su interior la arena del desierto, provocando que ésta
se quede impregnada en todo lo que encuentra a su paso. En ocasiones, ni si
quiera el agua que cae en el pilón es capaz de amortiguar el calor que tortura
los cuerpos, ya que ésta, al encontrarse bajo el radiante sol durante horas,
está tan caliente como los azulejos que recubren la fuente.
Los
transeúntes rehúyen las calles en cuanto las peores horas se acercan, y se
refugian en sus casas, o en pequeños establecimientos, donde las ventanas
tapadas con oscuras telas les esconden del calor. Se sientan en mullidos
cojines, beben aguas de sabores, y en ocasiones, se deleitan comiendo un poco
de pan con labneh, esperando a que el sol baje y les permita volver a salir.
Mientras tanto, hablan, charlan sobre todo lo acontecido desde la última vez
que se vieron. Algunos aprovechan y duermen un poco, arrullados por las voces
que cotillean que la hija del zapatero está tonteando con un soldado de fondo,
otros prefieren leer un poco. Aunque, los más atrevidos, se reúnen lo más
alejados que pueden de las puertas, y comentan en susurros la cantidad de
golpes de suerte que han tenido en los últimos meses. Es normal que en una
ciudad tan grande como la suya haya muchos asesinatos. Lo que ya no es tan
normal es que la gran mayoría de estos sean los de personajes influyentes en el
lugar, que de una manera u otra, han atentado contra la sociedad. Claro que
podría explicarse con que, al ser personas tan importantes, es lógico que
tuvieran enemigos y que éstos les matasen. Pero aún así, las coincidencias son
pasmosas.
Aquel
día se ha presentado más bochornoso de lo habitual. Los niños se han quedado a
jugar dentro de sus casas, las mujeres no han salido a comprar (a menos que
fuera estrictamente necesario), y los hombres han vuelto pronto a comer a sus
hogares. Pasan ya de las dos de la tarde, y el sol reina en un cielo tan
despejado que incluso duele mirarlo. La temperatura es agobiante, y el aire
caliente hace costosa la respiración.
El
corte en el costado derecho le palpita a cada paso que da. La herida no es
profunda, pero nota la sangre fluyendo a través de la piel rota. Lleva
corriendo por lo menos diez minutos, y las piernas comienzan a entumecerse.
Sabe que no aguantará mucho más, y el escozor que el sudor le produce en la
herida provoca que el cansancio y el malestar aumenten por segundos.
Gira
a la izquierda y de nuevo a la derecha, internándose en un callejón. Aminora la
carrera y analiza los edificios que se encuentran a ambos lados, decidiendo por
cual trepar. Da un salto y se cuelga de una ventana. Escala la pared hasta el
borde de la azotea, y se impulsa para terminar de subir.
La
nariz le quema cada vez que inhala, y aunque sabe que es peor, comienza a
respirar por la garganta para poder seguir corriendo. Salta al tejado de la
casa de al lado, evita correr por el borde para no ser visto por los templarios
que le persiguen a ras de suelo, y tras subirse a una terraza, salta al techo
de la casa de asesinos. Quiere bajar y meter la cabeza bajo el agua templada de
la fuente del patio interior, olvidarse del fiasco que acaba de cometer, comer
algo y dormir hasta el día siguiente, donde, con la herida limpia y vendada,
volverá a salir a intentar recaudar información.
Pero
la reja está cerrada.
Para
en seco y parpadea varias veces antes de trotar hasta la trampilla que da
acceso a la casa de asesinos. Mete los dedos entre los huecos y escudriña el
interior:
—
¿Malik? Malik, dime que estás en casa — llama con voz ronca —. Malik, sal ahora
mismo y ábreme.
De
la puerta de la pared izquierda sale una sombra alargada. Ésta, poco a poco, se
va convirtiendo en un hombre de cabello negro, corto, que sostiene, con su
único brazo, una jarra a rebosar de miel:
—
La paz sea contigo, Altaïr.
—
No tengo tiempo para esto. Malik, abre la reja.
—
No.
Aquella
respuesta tan simple provoca que sus pupilas se dilaten rápidamente, quedándose
con la boca abierta durante unos segundos, sin creerse aún lo que acaba de
escuchar:
—
Malik, llevo corriendo desde el barrio pobre, no sé ni siquiera como he logrado
despistarles ahora. Ábreme.
—
No — repite aquellas dos letras.
—
Sé que no he terminado el trabajo que debía hacer hoy, pero tengo que entrar—
su voz comienza a elevarse, cada vez más nerviosa, notándose lo alterado que
está —. No puedo seguir huyendo. Abre de una vez.
—
Anoche dijiste tras la cena — comienza a hablar tranquilamente — que me pasaba
el día entero aquí metido, sin hacer nada. Que era un perezoso, que había
olvidado lo que era el verdadero trabajo del asesino — por primera vez, sus
papeles se han intercambiado. Malik, que se enerva a la mínima, habla
pausadamente; mientras que Altaïr, el eterno tranquilo y decidido, nota su
labio inferior temblar a causa de los nervios —. Pues lo siento mucho, pero
como no hago nada, tampoco puedo abrirte la reja, es demasiado trabajo para un
manco inútil como yo.
—
¿Y esta es tu venganza por haber dicho cuatro tonterías anoche? ¡Vas a
conseguir que me maten!
—
Tranquilo, si me prometes que en cuanto entres te arrodillarás y me pedirás
perdón, abriré la entrada.
—
¡Malik! ¡¿Cómo te atrev…?!— su reclamo se ve interrumpido por un dolor
lacerante en el hombro izquierdo. Ahoga un gemido y deja apoyada la frente en
la madera durante escasos segundos. Se gira de golpe, y ve como un arquero se
prepara para dispararle por segunda vez.
Gruñe
por lo bajo y se levanta, comenzando a correr. Salta al tejado de al lado, y se
sube a un altillo para impulsarse y tirarse al edificio de la otra calle. Rueda
por la ardiente azotea y gime al enterrarse aún más la fecha que sigue clavada
en su carne, atravesándola al completo. Se yergue al llegar al borde del techo
y saca una cuchilla, lanzándosela al arquero y matándole en el acto. No se toma
siquiera unos segundos y salta hacia abajo para caer en una calle desierta.
Debe
ser por los nervios, pero la caída provoca que un tirón en el tobillo derecho
le arranque un gemido. No pierde el tiempo y sale corriendo. Da las gracias
mentalmente a que las calles estén vacías, y acelera todo lo que puede hasta
llegar a la plaza. Comienza a notar algo dormido al brazo izquierdo, pero no
puede preocuparse de ello ahora. Rodea la fuente y corre por una de las calles
principales.
No
sabe si es impresión suya, o realmente las temperaturas han aumentado, pero su
piel está tan ardiente que toda la ropa le molesta de tal manera que no dudaría
en arrancársela en ese mismo momento.
Gira
a la izquierda en la siguiente esquina, topándose de frente con dos templarios.
Para
en seco y observa incrédulo como ambos desenvainan sus espadas en cuanto le ven.
No le dan oportunidad siquiera para sacar la suya cuando ya los tiene encima.
Se quita al primero de un puñetazo en la nariz, y mientras le insulta en una
lengua germánica, tirado en el suelo, aparta a su compañero de una patada en el
estómago. Aprovecha esos segundos en poder sacar su arma, y la tienen en ristre
en cuanto el primer atacante se abalanza sobre él. Se aparta en el último
segundo y corta de una sola tajada limpia todo el ancho de su espalda. Nota
como la sangre sale a borbotones y empapa su rostro.
Lo
malo de llevar armaduras tan pesadas, es que hacen mucho ruido, y es gracias a
eso que escucha como tiene al otro detrás. Se gira y le clava la espada en el
estómago, hasta el fondo.
A
pesar de todo, se ha emocionado al matar a esos hombres, y una sonrisa de
triunfo se dibuja en sus labios, aunque le dura poco. Por culpa de esa misma
emoción, no ha tenido en cuenta sus propias heridas a la hora de realizar los
contraataques, y lo que era un ligero adormecimiento en su brazo izquierdo,
ahora se ha convertido en un dolor tan agudo, que ni siquiera puede sostener la
espada. Sujeta su arma con fuerza con la mano derecha y la guarda como puede.
Todo el lado izquierdo de su traje está empapado de sangre. De SU sangre. Coge
la flecha y se la arranca de un solo tirón, provocando que un grito ronco
escape de su boca. Sus piernas tiemblan ligeramente y debe afianzarse bien con
los talones al suelo para no caer. Intenta levantar el brazo, pero no puede, y
cae en la cuenta de que la herida habrá afectado a algún tendón. Tardará mínimo
dos semanas en poder sanar del todo. No podrá culminar la misión tan pronto
como debería.
Aprieta
los dientes y se lanza hacia el edificio que tiene enfrente, trepando
torpemente sólo con una mano. Se engancha bien a la madera de la terraza y sube
lentamente hasta la azotea. Su respiración se ha acelerado, y la herida del costado
comienza a sangran aún más deprisa.
Se
pone de pie y echa a correr por los tejados, notando como el tirón del tobillo
derecho comienza a hacerse más insoportable. A cada salto, nota como si una
aguja le atravesara la carne, y un escalofrío helado sube velozmente por su
pierna, paralizándole durante unos segundos, poniendo a prueba su equilibrio.
Ese dolor aumenta con una rapidez pasmosa, y cuando llega con un último salto a
la casa de asesinos otra vez, el dolor le hace ceder. Cae de rodillas y apoya
la mano derecha corriendo para no darse de bruces la cara contra el tejado
ardiente.
Siente
como su cuerpo va lento y tarda en responderle. Gatea hasta la reja, que aún
sigue cerrada, y deja caer su cuerpo contra la madera de ésta:
—
Malik, no puedo seguir huyendo.
—
La próxima vez sé más cuidadoso, y no tendrás a medio Jerusalén tras de ti —
dice la sombra escondida bajo la oscuridad del marco de la puerta.
—
Deja de comportarte como un niño malcriado y abre la reja de una maldita vez.
—
He dicho que no la pienso abrir, novicio.
—
No hay tiempo para estos juegos— su corazón se acelera de golpe al escuchar
como alguien intenta trepar hacia el tejado — ¡Necesito entrar ya!
—
Pídeme perdón.
—
¡Malik!
—
Pídeme perdón de rodillas y abriré.
—
¡Eres un rastrero renco…!
Se
gira de golpe y ve como un templario, que bien podía haber sido dos veces él,
se yergue en el borde del tejado y sonríe de oreja a oreja. Dice algo en su
idioma natal, tiempo que Altaïr aprovecha para apartarse de la reja y, desde el
suelo, tantear el mango de su espada con la mano derecha. Pero el templario le
lanza un ladrillo y le da de lleno en la muñeca. Suena un “crack” y deja su
mano queda inmovilizada.
El
hombre saca su arma y se lanza sobre él. Va a atravesarle, va a destrozar su
caja torácica con el golpe de su espada, solo tiene una oportunidad. Cierra los
ojos y levanta ambos pies. Le pega una patada muy débil en el estómago, algo
que no puede haberle hecho mucho daño. Pero en la carrera y su falta de equilibrio
en sitios tan altos, provoca que se tambaleé y caiga de espaldas del tejado. Se
queda unos segundos en silencio, y al no escucharle quejarse ni levantarse,
deduce que se ha partido el cuello con la caída:
—
Trato hecho, Malik.
—
¿Cómo dices?
—
Haré lo que tú quieras, déjame entrar.
Abre
los ojos y cree distinguir a lo lejos como dos arqueros preparan sus flechas,
apuntándole una vez más. No le importa, ya no. Escucha perfectamente el sonido
del cerrojo al correrse, y sin tan siquiera mirar para comprobarlo, se arrastra
hasta la reja y se deja caer, cual muñeco de trapo, por el hueco que recién se
acaba de abrir. El dolor de la caída es menos de lo que se esperaba, pero aún
así, le corta la respiración durante unos segundos:
—
¿Y bien?— dice Malik, mientras con un gran palo vuelve a cerrar la compuerta.
—
Cúrame primero las heridas — dice con un hilo de voz.
—
Novicio, o haces lo acordado ahora mismo, o te entrego a los guardias que te
están buscando todavía.
Un
gemido ahogado escapa de entre sus labios, y permite que dos lágrimas de
cansancio resbalen por sus mejillas,
vaciando los ojos, que de pronto se le antojan demasiado húmedos y con los
párpados pesados.
A
duras penas logra ponerse de rodillas, y alza el rostro ligeramente hacia él.
Desde su posición, Malik le parece tan alto que casi le es imposible
reconocerle:
—
Perdóname — susurra, notando como la sangre comienza a arremolinarse en sus
mejillas.
—
¿Por qué?
Gruñe
entre dientes y cierra los ojos. Su pecho tiembla de cansancio, de dolor, de
rabia, de orgullo contenido, y vergüenza:
—
Siento mucho haber dicho tales cosas anoche — vuelve a murmurar—. Perdóname,
Malik, acepta mis disculpas.
—
Muy bien. Las aceptaré en cuanto beses mis botas.
Abre
los ojos de golpe y los clava en los de Malik, que sonríe de lado con suficiencia:
—
Eso no entraba en el trato.
—
Ya lo sé, pero me estoy aprovechando de ti.
—
Eres un sucio rastrero…
—
Tómalo como una lección de humildad para tu altanería desmesurada, novicio.
—
No pienso hacerlo.
—
Pues si no acepto tus disculpas, llamaré a los guardias. No tienes muchas más
opciones.
Puede
escuchar perfectamente sus propios latidos del corazón en las sienes. Su boca,
reseca y cubierta por una mezcla de saliva pastosa con arena, comienza a darle
arcadas. Por no hablar de las heridas, que le duelen desesperadamente, y la
sangre perdida comienza a hacer estragos. No confía en que logre mantener la
conciencia mucho rato más.
Aún
así, mueve las rodillas lo equivalente a tres pasos, y notando como un cosquilleo,
que no sabe identificar, le recorre el bajo vientre, se inclina hasta notar el
cuero desgastado de las botas contra sus labios, depositando un beso sobre
ellas.
Cierra
los ojos, cree que va a desmayarse en ese mismo instante, pero un suspiro procedente
de la boca del hombre que tiene frente a él, le devuelve a la realidad. Se
endereza y abre los ojos, viendo como Malik se arrodilla, y con la única mano
con la que cuenta, le despoja de la capucha, dejando su cabeza y rostro al
descubierto.
Ya
no luce la sonrisa que tenía hacía un minuto escaso. Creía que le vería
orgulloso, satisfecho por haber logrado lo que nadie había conseguido: Altaïr
se había doblegado ante él. Pero lo único que puede leer en su cara es una
preocupación extrema:
—
¿Cuántas heridas tienes?
Tarda
varios segundos en contestar:
—
Hombro izquierdo; costado, muñeca y tobillo derechos.
Malik
chasquea la lengua y niega ligeramente antes de volver a abrir la boca:
—
Eres imposible, Altaïr.
No
entiende qué es lo que sucede, pero el cosquilleo que se había instalado en su
bajo vientre se expande de golpe. No es la primera vez que le pasa, y sabe de
sobra que no será la última. Y a pesar de ello, siempre que sucede se le antoja
igual de extraño.
Apoya
la mano derecha sobre el hombro de su compañero, e ignorando el dolor que emana
de su muñeca, se inclina sobre el rostro ajeno y une ambas bocas. Es un beso
torpe debido a su estado, pero bebe de él como si hubiera estado deseándolo
durante horas. Malik tarda un poco en reaccionar. Corresponde con lentitud,
apiadándose del maltrecho cuerpo del otro, dejándose hacer, respondiendo sólo
al mismo nivel, sin exigirle.
Pero,
como había vaticinado momentos antes, no aguanta mucho más. Sin separar sus
labios, poco a poco, se va dejando caer hacia la izquierda, incapaz de
mantenerse más tiempo erguido.
Antes
de caer al suelo, el fuerte brazo del dueño de la casa de los asesinos le
sujeta, y le mantiene contra su pecho:
—
Eres un estúpido, novicio, debes aprender a ser más sigiloso.
—
Malik…— susurra, luchando por poder permanecer despierto.
—
¿Y ahora qué quieres?
—
Eres un rencoroso insoportable.
A
pesar de haberle dicho aquello, Malik sonríe de lado, casi imperceptiblemente,
y niega lentamente:
—
Déjate vencer por el sueño. Curaré tus heridas, y mañana cuando comas algo, te
daré tu merecido por tales palabras.
Toma
aire y responde con una sonrisa cansada. Cierra los ojos y obedece, dejando de
luchar contra el sueño que se abalanza sobre él.
Antes de perder totalmente la
consciencia, nota como unos labios carnosos besan su frente.
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