Notaba como algunas gotas caían sobre mi cabeza, escurriendo
entre mis cabellos, y resbalando hasta mi ropa por las puntas, empapándola poco
a poco. Era extraño, pero no sentía frío. Lo único que predominaba en mí era la
necesidad de seguir caminando, de no parar en ningún momento, de centrarme en
cada paso que daban mis pies. Era como si todo se hubiera reducido a ello.
Las calles se encontraban vacías, sólo llenadas por un silencio mortal. Aún notaba sus dedos acariciando mi piel, sus labios marcándome, su cabello enredándose con el mío, su olor impregnado en cada partícula de mi ser. Tanto por fuera como por dentro.
Minutos antes había dicho que no éramos nada, ni amigos, ni íntimos, ni amantes, y mucho menos, pareja. Y como un idiota, en medio de una discusión, no sólo había abierto mi alma, había dejado que mi corazón cayera al suelo, a sus pies, entregándoselo… no, no sólo fue eso lo que le entregué.
¿Y ahora?
Se supone que después de una experiencia así debes sentirte sucio, asqueado, incómodo… Pero nada. Él tomó lo que quería, y yo se lo di sin reparos. Después me había tirado a la basura, eso es verdad, y seguramente fue así porque cruzamos todos los límites que nos habíamos autoimpuesto. Aún y con todo, no me arrepentía de nada.
Cosa que provocaba que me sintiese peor.
A cada nuevo paso, notaba mi cuerpo más liviano, y lo entendía. Cuanto más me alejaba de ese dormitorio, más vacío estaba. Iba dejando mis esperanzas, mis ilusiones, mis sueños, cachitos de corazón destrozado iban cayendo tras de mí, como un camino de migas de pan que no pretendía volver a recorrer.
No entendía como nada de eso podía doler. Me sentía mal, me sentía vacío, abandonado, pero no había dolor. Era como si me estuviera mirando desde el otro lado de un cristal, ajeno a todo lo que me estaba pasando. Podría decirse que notaba en el pecho que eso era el final, que no tenía que esperar nada más, aparecerían los créditos, encenderían las luces, y aquella película habría terminado.
Levanté la vista y me sorprendí al comprobar que me hallaba delante de mi antigua casa, la que había sido mi hogar antes de todo aquello, en la que vivían mis seres queridos, aquellos que jamás me habían dañado. Mis pasos insomnes me habían conducido hasta allí.
Subí los escalones que me separaban de aquella puerta y llamé al timbre, rompiendo el silencio… como quien rompe un maleficio en un cuento de hadas.
Y entonces, sólo entonces, comencé a llorar a pleno pulmón.
Las calles se encontraban vacías, sólo llenadas por un silencio mortal. Aún notaba sus dedos acariciando mi piel, sus labios marcándome, su cabello enredándose con el mío, su olor impregnado en cada partícula de mi ser. Tanto por fuera como por dentro.
Minutos antes había dicho que no éramos nada, ni amigos, ni íntimos, ni amantes, y mucho menos, pareja. Y como un idiota, en medio de una discusión, no sólo había abierto mi alma, había dejado que mi corazón cayera al suelo, a sus pies, entregándoselo… no, no sólo fue eso lo que le entregué.
¿Y ahora?
Se supone que después de una experiencia así debes sentirte sucio, asqueado, incómodo… Pero nada. Él tomó lo que quería, y yo se lo di sin reparos. Después me había tirado a la basura, eso es verdad, y seguramente fue así porque cruzamos todos los límites que nos habíamos autoimpuesto. Aún y con todo, no me arrepentía de nada.
Cosa que provocaba que me sintiese peor.
A cada nuevo paso, notaba mi cuerpo más liviano, y lo entendía. Cuanto más me alejaba de ese dormitorio, más vacío estaba. Iba dejando mis esperanzas, mis ilusiones, mis sueños, cachitos de corazón destrozado iban cayendo tras de mí, como un camino de migas de pan que no pretendía volver a recorrer.
No entendía como nada de eso podía doler. Me sentía mal, me sentía vacío, abandonado, pero no había dolor. Era como si me estuviera mirando desde el otro lado de un cristal, ajeno a todo lo que me estaba pasando. Podría decirse que notaba en el pecho que eso era el final, que no tenía que esperar nada más, aparecerían los créditos, encenderían las luces, y aquella película habría terminado.
Levanté la vista y me sorprendí al comprobar que me hallaba delante de mi antigua casa, la que había sido mi hogar antes de todo aquello, en la que vivían mis seres queridos, aquellos que jamás me habían dañado. Mis pasos insomnes me habían conducido hasta allí.
Subí los escalones que me separaban de aquella puerta y llamé al timbre, rompiendo el silencio… como quien rompe un maleficio en un cuento de hadas.
Y entonces, sólo entonces, comencé a llorar a pleno pulmón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario