– ¿Y el del taxi no tenía ni idea de inglés? – escuché la
risa de mi hermana al otro lado de la línea.
– Que va, ni papa. He tenido que entregarle la hoja con la dirección porque si no me quedaba en el aeropuerto.
– Al menos ya has llegado – suspiró aliviada –. ¿No has tenido ningún problema más?
– Ninguno, he podido subir las maletas yo solito. Soy un niño mayor – bromeé para poder arrancarle otra risita a Hilary.
– Así me gusta, enano – hubo un silencio algo extraño antes de que volviera a hablar –. Entonces la casa te gusta, ¿no?
– Sí. No es un palacio, pero para mí solo es más que suficiente. Salón, cocina, baño y un dormitorio.
– ¡Eso es diminuto!
– Que no, Hilary, está bien, en serio. Es un apartamento muy funcional.
Me recosté en el sofá y subí los pies, apoyándolos en el borde de éste mientras me mordisqueaba una uña, escuchando la respiración de mi hermana por el teléfono. Era muy raro estar contándole todo eso sin que ella estuviera aquí, conmigo…
– Bueno – interrumpió mis pensamientos –, también es cierto que estamos acostumbrados a casas grandes, Nate. Somos unos mimados de la inmobiliaria.
Reí su gracia y aquel silencio tan extraño regresó. No es como si nos hubiéramos quedado sin temas de conversación, o no quisiéramos hablar. El problema era que si decíamos lo que realmente queríamos decir, ambos terminaríamos llorando, haciéndonos más daño del que podríamos soportar en esos momentos.
Nunca nos habíamos separado, habíamos vivido juntos desde que nacimos, y de pronto nos encontrábamos a miles de kilómetros de distancia. Y eso era algo que nuestras mentes, y nuestros corazones, tardarían un tiempo en asimilar.
– ¿Qué vas a hacer hoy?
– Gloria quiere llevarme de compras, necesita de mi consejo sobre moda – sonreí más tranquilo –. Nos iremos ahora en unos minutos.
– ¿No vais a comer?
– Dice que me invita fuera. Ya sabes, se cree que si me dejan en casa más de cinco minutos a solas me colgaré de la viga de la entrada o similares.
– Cortarte las venas en la bañera te pega más – a pesar de lo cruel y dolorosa que era la broma, le seguí el juego, consiguiendo una risa fría.
– Supongo que tú te pasarás el día deshaciendo maletas y ordenando, ¿a que sí?
– Necesito darle vidilla a esta casa pronto.
– Entonces te dejo. Además, seguramente Cris quiera pasarse a verte y que os conozcáis en persona antes de comenzar a trabajar juntos.
– Sí, es lo más probable. Tú pásatelo bien con Gloria.
– Gracias, corazón.
– ¿Hablamos mañana en la noche?
– Perfecto, espero tu llamada – y colgué antes de que tuviera tiempo de decir el temido “adiós”.
Y ahí me quedé, sentado en el sofá, con el teléfono fijo en una mano, observando una casa que aún no conocía, y sin saber qué hacer con todo aquel sentimiento de soledad que aprisionaba mi pecho.
– Que va, ni papa. He tenido que entregarle la hoja con la dirección porque si no me quedaba en el aeropuerto.
– Al menos ya has llegado – suspiró aliviada –. ¿No has tenido ningún problema más?
– Ninguno, he podido subir las maletas yo solito. Soy un niño mayor – bromeé para poder arrancarle otra risita a Hilary.
– Así me gusta, enano – hubo un silencio algo extraño antes de que volviera a hablar –. Entonces la casa te gusta, ¿no?
– Sí. No es un palacio, pero para mí solo es más que suficiente. Salón, cocina, baño y un dormitorio.
– ¡Eso es diminuto!
– Que no, Hilary, está bien, en serio. Es un apartamento muy funcional.
Me recosté en el sofá y subí los pies, apoyándolos en el borde de éste mientras me mordisqueaba una uña, escuchando la respiración de mi hermana por el teléfono. Era muy raro estar contándole todo eso sin que ella estuviera aquí, conmigo…
– Bueno – interrumpió mis pensamientos –, también es cierto que estamos acostumbrados a casas grandes, Nate. Somos unos mimados de la inmobiliaria.
Reí su gracia y aquel silencio tan extraño regresó. No es como si nos hubiéramos quedado sin temas de conversación, o no quisiéramos hablar. El problema era que si decíamos lo que realmente queríamos decir, ambos terminaríamos llorando, haciéndonos más daño del que podríamos soportar en esos momentos.
Nunca nos habíamos separado, habíamos vivido juntos desde que nacimos, y de pronto nos encontrábamos a miles de kilómetros de distancia. Y eso era algo que nuestras mentes, y nuestros corazones, tardarían un tiempo en asimilar.
– ¿Qué vas a hacer hoy?
– Gloria quiere llevarme de compras, necesita de mi consejo sobre moda – sonreí más tranquilo –. Nos iremos ahora en unos minutos.
– ¿No vais a comer?
– Dice que me invita fuera. Ya sabes, se cree que si me dejan en casa más de cinco minutos a solas me colgaré de la viga de la entrada o similares.
– Cortarte las venas en la bañera te pega más – a pesar de lo cruel y dolorosa que era la broma, le seguí el juego, consiguiendo una risa fría.
– Supongo que tú te pasarás el día deshaciendo maletas y ordenando, ¿a que sí?
– Necesito darle vidilla a esta casa pronto.
– Entonces te dejo. Además, seguramente Cris quiera pasarse a verte y que os conozcáis en persona antes de comenzar a trabajar juntos.
– Sí, es lo más probable. Tú pásatelo bien con Gloria.
– Gracias, corazón.
– ¿Hablamos mañana en la noche?
– Perfecto, espero tu llamada – y colgué antes de que tuviera tiempo de decir el temido “adiós”.
Y ahí me quedé, sentado en el sofá, con el teléfono fijo en una mano, observando una casa que aún no conocía, y sin saber qué hacer con todo aquel sentimiento de soledad que aprisionaba mi pecho.
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