Efemérides


Si tu frescura a veces nos sorprende tanto
dichosa rosa,
es que en ti misma, por dentro,
pétalo contra pétalo, descansas.

Conjunto bien despierto
cuyo centro duerme,
mientras se tocan, innumerables,
las ternuras de ese corazón silencioso
que suben hasta la extrema boca.

Cierro el libro de poemas de Rilke y miro el horizonte, que se funde con el mar más allá de lo que mis ojos llegan a ver.

El aire nos trae ese aroma salado, y al mismo tiempo dulce, mezcla del océano con el bosque.

Giro la cabeza y te veo allí, sentada despreocupadamente a mi lado, mientras lees en silencio un libro de poemas como el mío.

Y sonríes casi imperceptiblemente, haciendo que mi corazón de un vuelco.

Es en momentos como este, momentos simples y cotidianos, en los que soy consciente del amor tan grande e inmenso que despiertas en mí.

 Me gusta tu voz.

Siempre me ha gustado, desde que era pequeño. Tu voz es suave, femenina, dulce, agradable.

Cuando la escucho, los latidos de mi corazón se ralentizan, todo a mi alrededor se calma, es tranquilizante, relajante… es maravillosa.

Es una tarde de verano muy apacible, aunque calurosa.

Después de comer, el calor era tan insoportable, que tras darme un beso en la frente, me mandaste a la cama a que durmiese un poco, que tú recogerías la mesa, que descansase.

Y como siempre, sonreí y te obedecí en el acto.

Abrí los ojos cuando las luces del crepúsculo llenaban el cuarto.

Me desperecé y atusé mis cabellos.

Supongo que es lo bueno de vivir en Nunca Jamás, no tienes prisas, no tienes preocupaciones. No importa si pasas toda la tarde durmiendo, no pasa nada.

Tenemos todo el tiempo del mundo.

Bajé las escaleras aún bostezando, buscándote con la mirada, pero no te hallaba.

Nadie en el salón, nadie en la cocina, nadie en tu salita de las pociones.

Abro la puerta principal y allí estás, sentada en la mecedora del porche, leyendo un libro, ensimismada.

Cierro y me acerco a ti, dándote un beso sorpresa en la comisura de los labios.

Sonríes y me acaricias la barbilla antes de que me siente en el suelo, a tu lado, apoyando mi cabeza en tus piernas.

Ante nosotros se abre el campo. Siempre verde, siempre vivo, siempre perfecto.

Tras nosotros, las olas golpean con fuerza la base del acantilado donde vivimos.

Es una tarde de verano muy apacible.

Acaricias mis cabellos y retomas la lectura, pero esta vez, en voz alta, dejando que tu voz se cuele en mis oídos y empape mi mente.

Sé de sobra que el libro que tienes entre las manos está en francés, tu idioma natal. Pero las palabras que pronuncias están en inglés.

Porque lees para mí.

Porque vives para mí.

Sonrío y cierro los ojos, perdiéndome en el sol del atardecer, en el aroma del campo, en el sonido de las olas, en tu voz…

Me gusta tu voz.

Siempre me ha gustado, desde que era pequeño. Tu voz es suave, femenina, dulce, agradable.

Cuando la escucho, los latidos de mi corazón se ralentizan, todo a mi alrededor se calma, es tranquilizante, relajante… es maravillosa.


Miro tus ojos un diminuto instante
y me parece que hubiera vivido
contemplándote toda la vida.

La casa está en completo silencio. Ni un solo ruido turba esa quietud. Solo nuestras risas contenidas que se callan las unas a las otras.

Ríes contra mis labios, y yo contra los tuyos, queriendo que esa alegría que escapa por mi boca pueda llenarte el alma.

Me resbalo dentro de la bañera, dejando mi cabeza apoyada en tus pechos, deleitándome con el roce de tus pezones contra la comisura de mis labios, y el latir de tu corazón marcando el ritmo del mío.

Acaricias mis cabellos mojados, y mientras cierro los ojos, apoyado en tu pecho, pasas la esponja por mi nuca, mis espalda, mis costillas…

Y yo sólo dejo escapar un suspiro, que te provoca un escalofrío al contacto con la piel mojada, y te ríes después, diciendo que soy un pillo, pero aún así, no variamos en absoluto nuestra postura.
Eres la llama ardiente que ilumina mi andar,
que calienta y da aliento a mi alma,
eres la tentación saliente que llena mis sentidos,
la que acalla mis nostalgias,
la que con tan solo mirarte puede controlar mi vida.

Adoro vestirte. Eres una muñeca de porcelana colocada cuidadosamente entre mis manos para poder observarte. Cada pequeño rincón de tu cuerpo ha sido tallado a mano. Ni una sola imperfección recorre tu piel.

Tras abrocharte el sujetador, cojo el ligero vestido de algodón y lo dejo deslizar por tus brazos, sonriendo al ver asomar tu cabellera por el cuello.

Me miras expectante, y sonríes como una chiquilla mientras me coloco a tu espalda y ato el lazo que rodea tu cintura, antes de depositar un beso dulce en tu nuca.

Me sientas en el borde de la cama, recorriendo con tus suaves manos mi aún visible desnudez, y cuando te colocas a mi espalda, secas con cuidado mis cabellos, como si quisieras acariciarlos uno a uno, sabedora de mi relajación.
Cuando estas a mi lado
ardo en deseos de abrazarte y besarte.
Si la tentación fue hecha con carne de mujer,
tú fuiste la inspiración de ese creador.

Las primeras luces de la mañana iluminan con fuerza la cocina. Volviéndola más brillante, más grande, más colorida, como hace cada día.

Kreacher ya nos ha preparado el desayuno, y dos pequeñas porciones de tarta de zanahoria, junto con nuestros respectivos cafés, descansan en la mesa central. Es como si siguiéramos siendo unos niños y nos tuvieran que preparar el desayuno los sábados por la mañana.

Realmente sí seguimos siendo unos niños, unos niños felices y enamorados por toda la eternidad.

Te sientas, y al hacerlo yo también, coges mi mano, acariciándola con lentitud, porque tenemos todo el tiempo del mundo para ello. No debemos explicaciones a nadie, ni tampoco a nosotros mismos.

Y me miras, y me pierdo en tus ojos. Y sonríes, y te imito.
Y si amarte así es un pecado,
le pido a Dios una larga vida donde poder pagar mi condena
y viendo cada día
como el amor que nos profesamos
nunca se marchita.

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