Las primeras navidades fueron
las peores.
Al llegar a la estación,
mientras el tren se paraba, tuve que armarme de valor para levantarme del
asiento e ir a buscar el baúl, mientras me repetía una y otra vez, que el miedo
que sentía por enfrentarme a mi familia tras mi selección, era mil veces menor
que las ganas que tenía por verles.
Mamá se acercó corriendo a darme
un abrazo en cuanto bajé del tren, pero era seco, frío, casi forzado. O al
menos así lo noté yo. Cerré los ojos y bebí de él, autoconvenciendome de que
tan sólo eran imaginaciones mías. Papá revolvió mis cabellos, cogió mi baúl y
dijo que Lily nos estaba esperando en casa.
Podría haber pensado que
estaban así simplemente porque estaban cansados, pero la calurosa bienvenida
que prodigaron hacia James dejo bien claro que no era aquella la razón.
Les pregunté si estaban
enfadados porque hubiera sido seleccionado para Slytherin y no para Gryffindor,
y ellos me aseguraron que en absoluto, que no importaba en qué casa estuviera,
que iban a seguir sintiéndose orgullosos de mí.
Pero cada día que pasaba en las
vacaciones me demostraban que les había decepcionado.
Todas mis sospechas quedaron
patentes durante la celebración del solsticio de diciembre, cuando toda la
familia Weasley se reunió en la madriguera. Parecía que el tema de mi selección
era tabú, nadie mencionaba nada al respecto. Y aquello era mil veces peor que
si lo hubieran proclamado a los cuatro vientos.
Sus miradas de soslayo se
clavaban en mí dolorosamente, y los susurros a escondidas en la cocina cuando
creían que no les escuchaban hicieron demasiada mella en mí.
Tan sólo mis primos Louis y
Fred parecían no preocuparse en absoluto por la elección del Sombrero
Seleccionador, pero aunque intentaron animarme, me sentía demasiado abatido
para sus burlas y juegos.
El regreso a la escuela fue al
mismo tiempo liberador como tortuoso. Me arrebataban de un juicio para
empujarme a la cárcel.
Notaba como si todo aquello
fuera culpa mía. Que había terminado en Slytherin y no es la casa que mi
familia esperaba porque había hecho algo. Todo aquello me lo había buscado yo
solito y me lo merecía.
Cuando me encontré de nuevo
arropado en la cama de los dormitorios de mi casa, me eché a llorar. No entendía
nada de lo que sucedía; no comprendía el por qué, tras durante años escuchar
los constantes discursos que no había ninguna diferencia entre las casas de
Hogwarts, que todas eran igual de buenas, me había visto sometido a esos
cuchicheos, miradas y silencios. Lo único que notaba constantemente era esa
desesperación y culpabilidad, que no sabía de dónde nacían. Esa sensación de
haber decepcionado a aquellos que me querían.
No aguanté mucho rato bajo las
mantas. Me agobiaba con rapidez. Así que me puse la bata y las zapatillas, y
bajé corriendo a la sala común.
Gracias a Merlín que esta se
encontraba vacía. Me hice un ovillo sobre el sofá de cuero negro que descansaba
frente a la chimenea, a esas horas apagada, y lloré aún más alto de lo que
había hecho en la habitación, intentando echar fuera todo aquello que atenazaba
mi corazón.
— Eres un llorica — aquella voz
a mi espalda me sobresaltó, y del susto rodé por el sofá, terminando por caer
al suelo. — Y encima torpe.
Me recoloqué enseguida las
gafas, y cuando logré enfocar la vista, noté como la sangre de mi cuerpo
comenzó a arremolinarse en mis mejillas al darme cuenta de quién era el que me
estaba hablando.
Aún no lo entendía, pero
Scorpius Malfoy, a pesar de tener mi edad, de ser un simple alumno de primero,
imponía muchísimo. La gente, incluso de cursos mayores, le trataba con
muchísimo respeto. En los tres meses que llevaba en la escuela, incluso
compartiendo dormitorio, sólo habíamos hablado unas dos o tres veces. Las
suficientes como para que notara que él se encontraba en un nivel superior.
— ¿Qué haces aquí? — logré
preguntar mientras me incorporaba.
— Es que tus lloriqueos no
me dejaban dormir, y pensé en bajar a la sala. Pero qué casualidad que tus
pucheritos de bebé también estén aquí.
Bajé la mirada azorado.
—Lo siento.
Él sólo suspiro antes de
dejarse caer estrepitosamente sobre el sofá. Era raro, pero a pesar de
comportarse con la naturalidad con que uno se comportaría en su casa, siempre
parecía elegante, hiciese lo que hiciese. Justo igual que un príncipe.
— Y, ¿se puede saber a qué
viene tanto lloriqueo?
— Me vas a pegar si te lo
digo — contesté con total sinceridad. No sería la primera vez que vería a
Scorpius pegar a alguien, aunque la mayoría de éstas eran simples capones.
— Vaya, qué imagen más
agradable tienes de mí.
— Lo siento.
— ¿Pero me lo vas a contar o
no?
— No es importante — murmuré
mientras me sentaba a su lado.
— Yo decidiré qué es
importante o no — se giró hacia mí, subiendo las piernas.
— Es sobre… — murmuré y bajé
el rostro, clavando la mirada en mis rodillas —. El estar en esta casa.
Hubo un silencio, tan sólo
llenado con nuestras respiraciones, antes de que él tradujera mis escuetas
palabras al verdadero problema.
— Vamos, que no quieres
estar en Slytherin — sentenció.
Yo negué débilmente, y sin
quererlo, me puse a llorar otra vez. No aguantaba esa presión constante, como
si todos los ojos me mirasen y señalaran acusatoriamente.
— ¿Y no quieres estar aquí
por…? — me preguntó, alzando la voz para que le escuchara sobre mis sollozos.
— Todos dicen que es la peor
casa.
— ¿Ah, sí?
— Y que la mayoría de los
magos más malvados han salido de aquí — proseguí con mi explicación tras asentir.
— ¿Y quién dice eso?
— Todo el mundo — contesté
mientras me sorbía los mocos.
— ¿Y lloras porque te
preocupa lo que diga todo el mundo? — su voz tenía un ligero deje de
incredulidad.
— No — susurré, y me costó
un poco poder continuar con la frase. El decirlo en voz alta provocaba que se
formara un nudo de inseguridad en mi garganta —. Me preocupo por lo que diga mi
familia. Siento que les he decepcionado.
— Pues si tu familia está
decepcionada porque estas en Slytherin, es que tu familia es estúpida.
Levanté la vista empañada
corriendo, quedándome totalmente sorprendido ante tal acusación.
— Esto es Hogwarts, la
escuela de magia más importante del mundo. ¿Qué más da en qué casa estés? —
mientras hablaba se fue acercando a mí —. Es decir, tienes el privilegio de estar
aquí. Y no sólo eso. Además, tus notas son altísimas, y por si fuera poco, te
encuentras en la casa que tiene la sala común más genial de todas. ¡Estamos
bajo el mismísimo Lago Negro! — levantó una mano, y tras quitarme las gafas,
secó las lágrimas que aún rodaban por mis mejillas con la manga de su pijama.
Cerré los ojos, comenzando a
calmarme, concentrándome en su voz. La cosas que decían no eran tan
descabelladas.
— Pero toda mi familia es de
Gryffindor. Era como una marca de la familia, un orgullo pertenecer a ella. Y ahora
yo soy de Slytherin. Es como si les hubiera fallado.
— Pues demuéstrate que no es
así. Date cuenta que vales mucho, no vas a dejar de pertenecer a tu familia por
no ir a su misma casa, ¿sabes? Lucha con todas tus fuerzas, y deja a todos
boquiabiertos cuando consigas que Slytherin sea la ganadora de la Copa de la
Casa.
Nuevamente me puso las
gafas, y pude enfocar bien la vista para poder mirarle a los ojos. Eran muy
profundos, y totalmente sinceros.
No pude evitar volver a
sonrojarme, tenía tantísima razón, que me sentía estúpido a su lado:
— Enséñales de qué material
estás hecho, y no te dejes vencer nunca. Un Slytherin nunca pierde, aprende de
sus errores.
Suspiré y asentí, notando
como esa angustia que había sentido desde el primer día se iba evaporando poco
a poco. Scorpius revolvió mis cabellos con un ademán orgulloso, como si hubiera
bajado con el propósito de calmarme y lo hubiera conseguido.
Y, por primera vez, sentí
que esta casa podría ser mi hogar.
— Malfoy — le llamé.
— Dime.
— ¿Te importa pasar la noche
aquí conmigo?
Puso los ojos en blanco y
bufó, cruzando los brazos sobre el pecho.
— Eres un bebé, ¿lo sabías?
— Lo sient… ¡ay! — no pude
terminar mi disculpa, ya que Scorpius me dio un fuerte capón en la nuca — ¿Y
ahora qué he hecho?
— No me pidas perdón por una
tontería como esa — y tras decir eso, se tumbó cómodamente en el sofá — Además,
sólo he dicho que eres un bebé, no que no me vaya a quedar contigo. Anda, ve a
por una manta y un par de almohadas.
Y sus labios dibujaron una
sonrisa, la más bonita que había visto hasta ese momento. Amplia, reluciente, y
muy cálida.
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