A veces siento que sólo juegas conmigo a una partida de
cartas sin final.
Conoces a la perfección toda la baraja y te sabes cuál es cada una de ellas, adelantándote a todos mis movimientos, dejándome en la más profunda humillación, sin darme si quiera la oportunidad de dejar el juego, escapar de tu maquiavélico embrujo, tu malvada persuasión no hablada.
Pero sonríes como un niño y ni se me ocurre esa posibilidad.
Hay noches en las que te empeñas en sacarme de quicio, en las que te diviertes haciéndome sufrir con miles de conversaciones banales con puntos envenenados, preparados para que me pinche.
Y cuando sabes que me has desarmado, que ya ni el enfado me funciona para que tus frases hirientes, todas ellas cargadas de verdades aplastantes, terminen en la oscuridad de la noche, me agarras con fuerza por los hombros y me entierras en un abrazo.
Susurras palabras tiernas a mis oídos, besas mi cuello y mis cabellos, y una de tus manos se cuela en mi pecho.
Acariciando.
Besando.
Arañando.
Pellizcando.
Mordiendo mi núcleo.
Y me haces llorar, a pesar de saber que es físicamente imposible que lo haga. Aunque mis ojos no se llenen de lágrimas, mi alma lo hace, y de mis labios se escapan sollozos desgarradores que mueren ahogados contra la almohada.
Sueles hacerme daño. A cada roce sobre mi única parte viva, siento que clavas tallos de flores repletos de espinas, dispuestos a desangrarme en cualquier momento.
Pero, a pesar de todo, jadeo de placer, y si mencionas la opción de parar, te la niego, te suplico que prosigas.
Ríes con el pecho henchido de amor, y me abrazas, y vuelves a susurrarme palabras cargadas de cariño. No entiendes que las lágrimas que no derramo son tu culpa.
Porque a cada paso que avanzamos en este amor, el terror me invade al pensar en la parca persiguiéndote, de tu cuenta atrás activada. Al contrario que la mía.
A veces siento que sólo juegas conmigo a una partida de cartas sin final
Conoces a la perfección toda la baraja y te sabes cuál es cada una de ellas, adelantándote a todos mis movimientos, dejándome en la más profunda humillación, sin darme si quiera la oportunidad de dejar el juego, escapar de tu maquiavélico embrujo, tu malvada persuasión no hablada.
Pero sonríes como un niño y ni se me ocurre esa posibilidad.
Entonces quiero poseerte como nadie más lo ha hecho, quiero oír tus suplicas, tus suspiros entrecortados, quiero sentirme tu dueño y autoconvencerme que lo que siento por ti no es más que mera lujuria.
Que cuando tu cuerpo inerte descanse en mis brazos, mi alma no se desvanecerá presa de un dolor incalculable.
Y me coloco sobre ti, y te ato las manos sobre la cabeza con hilos de chakra, y te beso con furia, y te acaricio con lentitud para exasperarte, y te araño con saña hasta hacerte sangrar, y me aparto en el último momento para negarte el orgasmo.
Pero a pesar de todo, una sola palabra nacida de tus labios bastará para obedecerte. Un solo beso bastará para despojarme de toda voluntad y quedar a merced de tus deseos.
A veces siento que sólo juegas conmigo a una partida de cartas sin final
Conoces a la perfección toda la baraja y te sabes cuál es cada una de ellas, adelantándote a todos mis movimientos, dejándome en la más profunda humillación, sin darme si quiera la oportunidad de dejar el juego, escapar de tu maquiavélico embrujo, tu malvada persuasión no hablada.
Pero sonríes como un niño y ni se me ocurre esa posibilidad.
Conoces a la perfección toda la baraja y te sabes cuál es cada una de ellas, adelantándote a todos mis movimientos, dejándome en la más profunda humillación, sin darme si quiera la oportunidad de dejar el juego, escapar de tu maquiavélico embrujo, tu malvada persuasión no hablada.
Pero sonríes como un niño y ni se me ocurre esa posibilidad.
Hay noches en las que te empeñas en sacarme de quicio, en las que te diviertes haciéndome sufrir con miles de conversaciones banales con puntos envenenados, preparados para que me pinche.
Y cuando sabes que me has desarmado, que ya ni el enfado me funciona para que tus frases hirientes, todas ellas cargadas de verdades aplastantes, terminen en la oscuridad de la noche, me agarras con fuerza por los hombros y me entierras en un abrazo.
Susurras palabras tiernas a mis oídos, besas mi cuello y mis cabellos, y una de tus manos se cuela en mi pecho.
Acariciando.
Besando.
Arañando.
Pellizcando.
Mordiendo mi núcleo.
Y me haces llorar, a pesar de saber que es físicamente imposible que lo haga. Aunque mis ojos no se llenen de lágrimas, mi alma lo hace, y de mis labios se escapan sollozos desgarradores que mueren ahogados contra la almohada.
Sueles hacerme daño. A cada roce sobre mi única parte viva, siento que clavas tallos de flores repletos de espinas, dispuestos a desangrarme en cualquier momento.
Pero, a pesar de todo, jadeo de placer, y si mencionas la opción de parar, te la niego, te suplico que prosigas.
Ríes con el pecho henchido de amor, y me abrazas, y vuelves a susurrarme palabras cargadas de cariño. No entiendes que las lágrimas que no derramo son tu culpa.
Porque a cada paso que avanzamos en este amor, el terror me invade al pensar en la parca persiguiéndote, de tu cuenta atrás activada. Al contrario que la mía.
A veces siento que sólo juegas conmigo a una partida de cartas sin final
Conoces a la perfección toda la baraja y te sabes cuál es cada una de ellas, adelantándote a todos mis movimientos, dejándome en la más profunda humillación, sin darme si quiera la oportunidad de dejar el juego, escapar de tu maquiavélico embrujo, tu malvada persuasión no hablada.
Pero sonríes como un niño y ni se me ocurre esa posibilidad.
Entonces quiero poseerte como nadie más lo ha hecho, quiero oír tus suplicas, tus suspiros entrecortados, quiero sentirme tu dueño y autoconvencerme que lo que siento por ti no es más que mera lujuria.
Que cuando tu cuerpo inerte descanse en mis brazos, mi alma no se desvanecerá presa de un dolor incalculable.
Y me coloco sobre ti, y te ato las manos sobre la cabeza con hilos de chakra, y te beso con furia, y te acaricio con lentitud para exasperarte, y te araño con saña hasta hacerte sangrar, y me aparto en el último momento para negarte el orgasmo.
Pero a pesar de todo, una sola palabra nacida de tus labios bastará para obedecerte. Un solo beso bastará para despojarme de toda voluntad y quedar a merced de tus deseos.
A veces siento que sólo juegas conmigo a una partida de cartas sin final
Conoces a la perfección toda la baraja y te sabes cuál es cada una de ellas, adelantándote a todos mis movimientos, dejándome en la más profunda humillación, sin darme si quiera la oportunidad de dejar el juego, escapar de tu maquiavélico embrujo, tu malvada persuasión no hablada.
Pero sonríes como un niño y ni se me ocurre esa posibilidad.
Ahora las lágrimas empañan tu rostro. No me alegran, no me
hacen sentir mejor, no se me ocurre pensar en ellas como en una venganza por
todo el dolor infringido, no.
Si tú sufres, yo muero.
Y seco el llanto que corre por tus mejillas, y beso tus labios para tragarme todo el dolor.
“Por ti, no me importaría ser eterno”.
Porque, Deidara, eres el único que me conoce de verdad. El único con el poder de devastarme, de cerrar el puño y dejarme caer en la nada, y no lo utilizas.
Si tú sufres, yo muero.
Y seco el llanto que corre por tus mejillas, y beso tus labios para tragarme todo el dolor.
“Por ti, no me importaría ser eterno”.
Porque, Deidara, eres el único que me conoce de verdad. El único con el poder de devastarme, de cerrar el puño y dejarme caer en la nada, y no lo utilizas.
El único que puede destruir la baraja de cartas, de parar
este juego infinito, y salvarme de mí mismo.
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