El sexo nunca había sido algo ajeno ni extraño para él. No había tardado mucho tiempo tras el despertar de sus hormonas en perder la virginidad con alguien de su grupo de amigos. Y después, cada vez que salía de fiesta, siempre estaba la típica mamada rápida en un baño sucio, o hacérselo con los dedos a una chica en la parte de atrás del coche. Para Nothing, el sexo, fuera de la manera en la que fuera, no le resultaba raro. Más bien común, natural.
Por ello, tras aquella noche frente al Tejo Sagrado, aquella en la que había encontrado a su padre y en la que se habían trasladado a vivir con Christian, si no todos los días, casi todos, había una especie de orgía en el remolque. Y a Nothing le había resultado una evolución lógica. ¿Cinco vampiros, repletos de tensión sexual entre ellos, viviendo juntos? Tendrían que ser muy idiotas para no caer en aquella dulce y suculenta tentación.
Pasada media noche, Zillah y su grupo salían a divertirse por Violin Road, o por el Camino del Diablo, y reían, bebían, bailaban, cantaban, y de vez en cuando, se comían a alguien. Dejaban que la sangre llenase sus bocas y les insuflara la vida que malgastaban el resto del tiempo. Rellenaban la botella de vodka, o la de whisky, y seguían riendo, bebiendo, bailando y cantando con más energía que antes.
Pero antes del amanecer, todos se movían al unísono, caminaban pegados los unos a los otros, dejando que sus manos se encontraran solas y sus dedos se entrelazaran fuertemente, como los mechones de las trenzas de las indias que vivían en los poblados más al norte. Y se sentaban en la acera frente al club, esperando a que Christian terminara su turno y volviera a aquella vorágine de dientes, mordiscos, suspiros y sangre.
Todo comenzaba con unas sonrisas ladinas, con besos en las comisuras de los labios a modo de saludo, con cosquillas, con “¿has robado alguna botella para nosotros?”, con el ruido del plástico rompiéndose para sacar un twinkie de chocolate. Pero al llegar al remolque, todo se convertía en sexo, en la versión más animal y salvaje de hacer el amor. Y a Nothing se le antojaba lo más natural del mundo. De su mundo. De su oscuro y pegajoso mundo.
Corrían las cortinas, ponían un casette en la radio, y cada amanecer empapado con olor a semen variaba. A veces Christian probaba a Zillah, y se la chupaba mejor que nadie que recordase; otras era Twig quien lo hacía, mientras Molochai bebía sangre de los pezones de Christian, como si fuera un bebé lactante con su madre; también había ocasiones en las que Twig y Molochai se tiraban a Christian a la vez, sobre el suelo del remolque; y estaba la variante en la que Twig se follaba a Molochai a cuatro patas, mientras Zillah mordía el cuello de Christian, que miraba extasiado la escena sin atreverse siquiera a tocarse.
En esos momentos, Nothing sólo podía masturbarse mientras contemplaba aquellas deliciosas composiciones. Siempre se moría de ganas de participar, de ponerse frente a Molochai y que éste se la chupara al mismo ritmo que Twig se la metía por detrás. Pero aquello era imposible, ya que Nothing jamás había conocido a un amante más celoso y posesivo que Zillah, su propio padre. Aquel hombre de cabellos color caramelo, con mechones púrpura, oro y verde, del mismo tono que la absenta y que sus propios ojos, decidía quién podía tocar a su hijo. Si él no estaba follándoselo, nadie más podía hacerlo, y tan solo elegía de vez en cuando a alguno del grupo para que participara en aquello en lo que él ya estaba involucrado.
¿Dejar que algún otro le tocara sin estar él presente? Ni soñarlo.
En aquel amanecer se podía escuchar cómo Twig y Molochai luchaban en la camioneta, entre besos y mordiscos, por ver quien la metería esa vez. Se tiraban del pelo y clavaban sus uñas, creando ríos escarlata paralelos por sus pieles. Una botella de vino de fresas yacía vacía al lado del colchón y un trozo de pastel de fresa quedaba aplastado contra la puerta lateral. Twig jadeaba, mientras que Molochai se reía, y su sonrisa de bebé le abarcaba todo rostro. Christian, con la mano dentro de los pantalones, acariciándose con un ritmo rápido, les observaba con los ojos a media asta. Le habían prometido un espectáculo digno de broadway, y aunque no hubiesen cumplido, sus cuerpos desnudos durante la pelea le daban el placer que necesitaba. Y no le importaba correrse simplemente con la visión de aquellos dos animales mordiéndose y haciéndose sangrar, no le importaba en absoluto.
Pero entonces, la puerta con el pastel aplastado se abrió, y Zillah se asomó, con su cabellera clara comenzando a brillar con los primeros rayos del sol.
– Mierda, ya es de día. Debo volver al remolque – murmuró Christian, con un deje de miedo, mientras se incorporaba y saltaba sobre los cuerpos de Twig y Molochai, que aún seguían rodando por el suelo, ajenos a todo aquello que no tuviera que ver con su discusión. Zillah le tendió una manta, y éste se enredó en ella, corriendo hacia la oscuridad que le brindaba su hogar.
La entrada le recibió con olor a sudor, a ron derramado, a sangre y saliva. Olía tanto a sexo que podrías correrte tan solo con el aroma. Christian se giró, doblando con las manos la manta que hasta hacía unos segundos cubría su cabeza, buscando a Zillah con la mirada, con la pregunta “puedo encerrarme en el baño hasta que terminéis” en los labios, preparada para salir. No era culpa de nadie que él siguiera teniendo aquellas taras de los antiguos de su raza. Pero una sonrisa maliciosa por parte del dueño de la camioneta negra le acalló el tiempo necesario para escuchar lo que tenían que proponerle.
– Quiero que te folles a mi hijo.
Y Nothing, hecho una bolita bajo las sábanas de la cama, sonrió impaciente, como un niño pequeño que escucha a sus padres en el piso de abajo colocando los regalos de navidad. Los cosquilleos que su entrepierna comenzaba a experimentar, avivaban ese deseo vergonzoso y tímido que le invadía al saber que su padre deseaba que alguien más le poseyera en su presencia.
Cerró los ojos, y se mordió el labio inferior mientras escuchaba como Christian giraba sobre sí mismo, y caminaba, sigiloso como un gato, hasta su propio dormitorio. Se desnudó, se sentó sobre la cama y con una mano suave y helada retiró las telas que le ocultaban.
– Hola, pequeño – susurró con una voz rasgada por el deseo.
– Christian – saboreó el nombre mientras se incorporaba, ignorando la propia desnudez y la de su acompañante, y abrazaba al vampiro de largos cabellos que le recibía con los brazos abiertos –, quiero que me folles como lo hacías con mi madre.
Aquella frase hizo que el mayor quedara paralizado durante unos segundos, tiempo que el otro aprovechó para bajar los labios hasta el cuello marmóreo de éste. Dejó que su aliento pusiera la carne de gallina, y su lengua dibujó motivos inconexos sobre ella antes de que los dientes la rozaran, sin atreverse a morder. No quería arriesgarse a rasgarla y beber de aquella sangre de más de trescientos años. Aquella cantidad de tiempo seguía dejándolo demasiado abrumado como para tomar aquella decisión.
Christian volvió en sí, y empujó con delicadeza el cuerpo del menor, tumbándolo de nuevo sobre el colchón. Acarició su pecho, pasando sobre los pezones, provocando que éstos se pusieran erectos antes de dejar las manos contra ambos costados, con los dedos buscando los huecos que había entre las costillas. Poco a poco fue bajando, primero permitiendo que sus cabellos cayeran hacia delante y acariciaran su vientre antes de que su boca bajase hasta ella y succionara la piel que dormitaba alrededor de su ombligo, arrancando un jadeo inaudible. Los dientes no tardaron en crecer, curvándose hacia abajo, pinchando como una hipodérmica, sacando a relucir un riachuelo color carmesí que desapareció tras ser bebido.
Con manos fuertes, y más decididas de lo que solían ser de normal, cogió por las caderas al joven de los cabellos teñidos y le dio la vuelta, colocándole a cuatro patas. Dejó que unos dedos curiosos pasearan por el camino que dejaba marcado su columna vertebral, y notando como Zillah les observaba desde el umbral del dormitorio, metió la lengua en la entrada del hijo de Jessy, lubricando y dilatando al mismo tiempo.
Nunca nadie le había dado un beso negro a Nothing hasta la primera vez que lo había hecho con Christian. Ni siquiera su padre, su amante más voraz y experimentado, había llegado tan lejos. Y no podía decir que le encantaran, pero provocaban en él una sensación de incomodidad y placer que no se veía con fuerzas para negarse a ellos. Eran vergonzosos y al mismo tiempo agradables. No había comparación con la que poder crear un ejemplo. Le gustaba notar la lengua moviéndose en su interior, pero le ponía nervioso la respiración entre sus nalgas. Cuando le daban ese beso, siempre terminaba rojo como la grana, con una mano contra su boca, conteniendo todo lo que podía la respiración. Por ello, cuando terminaba, un gemido siempre escapaba de entre sus labios.
– Quédate de rodillas, Nothing – murmuró Christian mientras ayudaba al pequeño a incorporarse, dejando una mano contra su pecho, colocándole contra él. Su boca no pudo menos que correr a su hombro, redondeado, aún propio de un cuerpo infantil, y mordisquear su piel con delicadeza antes de penetrarle con su miembro. Ambos jadearon y se quedaron estáticos, acostumbrándose cada uno al cuerpo del otro, notando como el corazón de Nothing bombeaba con fuerza contra la mano del camarero del Tejo Sagrado, preso de un placer casi inclasificable.
Cuando comenzaron a moverse, al principio con lentitud e inseguridad, después buscando un ritmo con el que sentirse cómodos, Zillah se despegó del marco de la puerta y se acercó hasta la cama, subiéndose a ella de un salto. Cogió el rostro de su hijo, que gemía entre dientes mientras notaba los dientes de Christian ahora contra su nuca, y le obligó a mirarle.
– Quiero que te corras en mi boca – ordenó con total naturalidad antes de agacharse y lamer de abajo hacia arriba la polla del joven, arrancándole un gemido lo suficiente audible como para que Twig y Molochai parasen de comerse el uno al otro dentro de la furgoneta que descansaba bajo el sol del amanecer al escucharlo.
Mientras Zillah se lo metía en la boca tras haberlo estado lamiendo un rato más, Nothing cerró los ojos y giró la cabeza buscando los labios de Christian para poder besarlos. Sus manos se encontraban enredadas en la cabellera de su padre, cuyas manos se encontraban ocupadas masturbándose al mismo ritmo que succionaba la piel del miembro del menor. Y no podía menos que dejar que sus pensamientos viajaran hasta la idea de que se encontraba siendo poseído por los dos hombres que habían poseído a su madre tiempo atrás, siendo los culpables de su propio nacimiento. La dulzura e inseguridad de Christian, junto con la violencia y la pasión de Zillah, se habían entremezclado en las entrañas de Jessy y habían provocado que ahora, esa masa de carne, esa micromota, en parte humana y en parte extraña a todo lo humano, hubiera crecido y viajado por la vida hasta encontrarse en aquel colchón, en un remolque sobre bloques de cemento en la parte más abandonada de Missing Mile.
Y como un buen niño, obedeció a lo que le había dicho su padre, y de pronto se tensó, temblando con violencia, quedándose sin aliento unos segundos, permitiendo que todo aquel líquido blancuzco con textura de yogurt se derramara dentro de la boca de Zillah. Su cuerpo se contrajo, y enterrando en su interior a Christian, provocó que éste también se corriera. El semen cálido le llenó por dentro, escurriendo un poco por sus piernas, goteando sobre las sábanas que yacían bajo ellos.
Zillah se separó, tragándose todo, sin dejar que una sola gota se escapara entre la comisura de sus labios, y cogió con fuerza la barbilla de Nothing, besándole con impaciencia sin dejar de masturbarse hasta lograr llegar él también al orgasmo, manchando aún más las piernas del menor.
– Papi... – susurró el joven cuando el beso se cortó.
– Me encanta cuando me llamas así, bebé – respondió con una sonrisa antes de besar su frente y bajarse de la cama, permitiendo que Christian saliera del interior de Nothing y ambos cayeran agotados sobre el colchón. No se despidió, ni siquiera murmuró una sola palabra más. Se colocó la ropa y salió del remolque, dejando al dueño de aquel bar del Barrio Francés con el niño que había nacido sobre la alfombra de su cuarto.
Christian se incorporó y tiró de la sábana empapada, tirándola al suelo antes de buscar una limpia. Se colocó los calzoncillos que yacían enredados con sus pantalones, y regresó a la cama, donde un adormilado Nothing le esperaba con los ojos medio cerrados por el cansancio. Le tapó con la tela nueva, y se recostó a su lado, dejando que se acomodara contra su pecho, abrazándose a él con cierta pereza. El pequeño olía a sudor y a semen, y aún quedaban algunas marcas de los mordiscos que le había ido prodigando mientras lo hacían.
– Ojalá pudiera desgarrarte y beberte entero, Nothing.
– Ojalá pudieras. Me encantaría desaparecer en tu interior – contestó con voz aletargada mientras dejaba que sus labios se quedaran pegados al cuello del mayor, a aquella carne cerca de la clavícula, chupando como un bebé.
Fuera se escuchaban los gemidos de los otros tres, que tras todo ese tiempo, ahora comenzaban con su propia fiesta. Riendo, cantando a media voz, mordiéndose y bebiendo unos de los otros mientras todo aquel ruido se mezclaba con el piar de los primeros pájaros del amanecer. Y a Nothing se le antojó, que todo aquello, no podía ser más natural.
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