Menos de una hora

En menos de una hora el saldría el sol, el amanecer rompería en éste, nuestro decadente e inmundo Londres, para dar comienzo un nuevo día. Y yo recién llegaba a casa.

Las llaves hacían demasiado ruido contra la cerradura. Los tacones de mis botines hacían resonar con fuerza cada paso que daba, provocando que la madera de las viejas escaleras crujiera bajo mi peso. Mi respiración era demasiado fuerte, acabaría despertando a alguien. A ella. Las gotas granate al caer contra el suelo le harían salir de su profundo sueño.

La puerta chirrió ante su sigilosa apertura, y tras cerrarla, el piso se me antojó demasiado silencioso.

Tragué saliva antes de relamerme los labios, aún con ese regusto amargo en la piel. Eché el cerrojo y dejé que la capa escurriera por mis hombros, cayendo al suelo con un sonido pesado. Mis manos subieron hasta los botones de la levita y los desabrocharon uno a uno, sin moverme de la puerta todavía. La chaqueta también terminó en el suelo, y el pañuelo, el chaleco y la camisa. Y tan sólo cuando terminé cubriendo mis pechos (pequeños, pero apreciables) con una camisola interior de tirantes, de hombres, de caballeros que beben brandy en copas de cristal en los club de exploradores del centro, me separé de la robusta puerta de entrada y caminé hasta el baño.

Llené el lavamanos de agua y metí la cara sin pensármelo dos veces. Grité dentro de ella, abrí los ojos y deseé escurrirme por esa cañería que ahora permanecía tapada. Respiré agua, pero lejos de ahogarme, purificó mi garganta y pulmones, volviéndome un poco menos roja. Al salir, despacio, como si pudiera contrarrestar el ruido que acababa de hacer con silencio, noté como algunos mechones habían escapado del apretado moño y se pegaban a mi cara.

Tosí un poco, y entonces supe que ya había despertado. Que caminaba por el pasillo, descalza, escuchándose cada uno de sus pasos contra la fría madera (porque en invierno siempre estaba fría) hasta el baño, para después, apoyarse contra el marco de la puerta y bostezar. También escuché como se rascaba, con aquellas uñas cortadas de forma desigual, el brazo. Su piel sonaba quebradiza, como una hoja quemada, e imaginé su cuerpo como tal. Una estructura de papel carbonizado a la espera de un soplo de aire para deshacerse en miles de cenizas.

Me agaché y abrí el maletín, ése que había portado conmigo desde la salida del apartamento al comienzo de la noche, y que había seguido a mi lado incluso cuando entré en el baño y llené de agua la palangana. Saqué de él un bisturí ensangrentado, pegajoso, y un cuchillo de carnicero, más pegajoso que el instrumento anterior. También extraje de su interior una navaja, y un abrecartas. Todos ellos rojos, casi negros, pegajosos, con grumos viscosos pegados a sus filos. Todos ellos terminaron dentro de la pila, tiñendo el agua como lo hacían las pinturas con las que ella pintaba sus interminables lienzos.

Cogí el paño que descansaba en uno de los ganchos de la pared, y lo humedecí con esa misma agua que poco a poco dejaba de parecer agua y se asemejaba más a un té de frutos del bosque. 

– No, yo te limpiaré – dijo con voz ronca, aún algo adormilada, antes de que la tela mojada llegara a la piel de mi cuello.

Asentí, permitiéndoselo, y giré sobre mi misma para tenderle la tela.

Vi como tragó saliva, cómo su garganta se abultó al bajar aquel líquido dulzón que descansaba en su boca, el que dormitaba contra su lengua rosácea y carnosa, y mis ojos no pudieron evitar subir hasta sus labios, relamiéndome los míos propios ante su visión. Podría cortárselos con cualquiera de mis instrumentos, ésos que ahora se encontraban en el agua, y así guardarlos en una caja forrada en terciopelo, como la de la reina malvada del cuento de Blancanieves.

Primero limpió mi cuello,  y éste quedó blanquecino al perder aquellas huellas rojizas de una mano intentando aferrarse a mi carne en un último intento desesperado por sobrevivir. Después continuó con mi rostro, pasando gentilmente alrededor del contorno de los ojos, y resbalando por los pómulos afilados.

– ¿Has traído algo de él? – preguntó al dejar el paño en el borde del lavamanos.

– Un hombre no se merece que guarde nada suyo.

Y nuevamente el piso se me antojó demasiado silencioso. Sabía que no lo estaba, que el goteo del paño contra el suelo no era inaudible, que nuestras respiraciones se habían acelerado de golpe, con fuerza, y que los latidos de su corazón galopaban cerca de su piel, como si quisieran rasgarla al igual que ella misma hacía con sus muñecas. Nuestras mentes tampoco estaban en silencio, y los pensamientos escapaban de ellas como quien escapa de una cárcel, se elevaban por el aire, envolviéndonos, enredándose entre ellos de maneras en las que ni nosotras mismas éramos capaces de imaginarnos.

– Me gustaría verte hacerlo – susurró.

– Eso no es arte, es una abominación – murmuré.

– No me importa. Quiero verte mientras lo haces – separé los labios para volver a negar, pero ella, sabedora de mis intenciones, cogió mis manos entre las suyas antes de que cualquier sonido lograra salir  – .Llévame, Jackeline.

Mis labios se quedaron así, entre abiertos, forzándome a respirar por la boca, dejando mi nariz inutilizada mientras que mi corazón comenzaba a trabajar el doble. Noté cómo las pupilas se me dilataron, cómo la carne que vivía entre mis piernas se humedecía, cómo la piel se me ponía de gallina y el mundo entero vibraba a mi alrededor tan sólo porque su voz se había vuelto dulce, melosa, pronunciando mi nombre de una manera que derretiría hasta al más despiadado de los asesinos de Inglaterra. 

Al sol le quedaba menos de una hora para alumbrar el cielo, para desterrar a la noche y proclamar su reinado un día más en las calles de éste, nuestro decadente e inmundo Londres. Y yo recién me inclinaba para robarle el aliento con un beso.

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