Se puso de puntillas sobre la maceta a la que había dado la vuelta y cogió la llave escondida en el marco de la puerta. Bajó de un salto y volvió a colocar todo tal y como estaba previamente, por si llegaban mientras él se encontraba dentro.
No quería ver a sus padres; no tenía ganas de broncas.
Abrió la puerta despacio y cerró tras él sin hacer ruido.
El piso no era muy grande, y a la mínima parecía desordenado. Y eso que su madre siempre intentaba adecentarlo todo, dejarlo limpísimo y muy arreglado para fingir que todo iba bien en su casa. Pero aquella mañana se podría decir que habían entrado a robar y nadie lo dudaría ni por un segundo.
Fue a la cocina y dejó la mochila sobre la encimera. La abrió y comenzó a rebuscar en todos los estantes: el final de un paquete de pan de molde, dos latas de atún, un bote de garbanzos cocidos, una red de patatas a punto de terminar, unas cuantas manzanas... Después se puso manos a la obra con el frigorífico, y un poco de mantequilla, tres huevos, un paquete de filetes de pollo y un queso volaron también a la mochila, junto con el resto.
No era mucho, prácticamente nada teniendo en cuenta que, sí, sólo se comprometía a alimentar a dos niños, pero siempre se acercaban más cuando ponían a cocer algunas verduras. Y él pasaba el suficiente tiempo fuera de casa como para tener que aprovecharse también de lo poco que robaba.
Echó un último vistazo a la nevera y cerró la puerta, encontrándose a su hermana Azelma apoyada contra la pared, observándole en silencio con los brazos en jarras.
Gavroche pegó un respingo y dio un salto hacia atrás, notablemente sobresaltado.
– La madre que te... ¿tú sabes el susto que me acabas de dar?
– ¿Y te crees que tú a mí no? Estaba dormida y de pronto comencé a escuchar ruidos en la cocina – replicó ella.
– ¿Pero tú no tendrías que haber salido a ayudar a Éponine o a mamá?
– ¿Y tú no tendrías que estar en el colegio?
Touché.
Se rascó el puente de la nariz y se giró para cerrar la mochila, ahora bien llena.
– Estoy haciendo la compra.
– Ajam.
– Pues sí. Mis hijos tienen hambre y yo soy un buen padre.
Azelma suspiró y desapareció por el pasillo que llevaba hacia los dormitorios. Gavroche aprovechó ese momento de intimidad para guardarse también un rollo de papel de plata.
Se echó la mochila al hombro y se sentó en el sofá. Ya que había sido visto, no podía marcharse sin más, tendría despedirse de su hermana mayor.
– ¿Y qué haces en casa? – preguntó, levantando un poco la voz para que pudiera escucharle.
– Tengo fiebre desde ayer y mamá no me ha dejado salir de la cama – contestó mientras regresaba al salón y se sentaba a su lado, cargando con una bolsa grande de tela –. Mira, comienza a hacer frio, y esta manta papá la quemó el otro día, por lo que puedes llevártela. También te he metido dos mudas limpias y un gel de baño. Si eres un buen padre tienes que mantener a tus hijos limpios, ¿de acuerdo?
Gavroche cogió las asas de la bolsa, y sin decir nada se apoyó contra el hombro de su hermana, dejando escapar un suspiro cansado. Se quedaron así varios minutos, en silencio, tan sólo disfrutando de la compañía del otro, hasta que uno de los vecinos del mismo piso salió de su casa, provocando que el ruido tensara al niño.
– ¿Vendrás esta noche a dormir? – preguntó Azelma.
– Lo dudo. Quizás mañana o pasado.
La muchacha asintió, y Gavroche cerró los ojos mientras su hermana se ponía de pie a su lado y le arreglaba la bufanda, le cerraba el chaleco y le depositaba un beso en la punta de la nariz.
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