Maximiliene

El olor de la cena se cuela incluso a través de los cristales. Ha preparado una cena bastante exquisita, por lo que seguramente estén celebrando algo.

Un primero ligero, unas bolitas crujientes de foie con almendra, plato que observas cómo coloca en la mesa y que conoces de memoria ya que tu abuela suele prepararlo a menudo. El segundo es más denso, un solomillo de cerdo relleno de granadas, ¿cómo no? Estuviste escuchándole durante horas mientras practicaba el prepararlo, hablando sobre lo sencillo que era en realidad y que se encontraba a la altura de cualquier restaurante de lujo. El postre, una crema de frambuesa, aún sigue enfriándose en la nevera.

Una cena que haría la boca agua a cualquier comensal, por muy recatado que fuera.

Coloca en una hielera una botella de vino tinto, y justo en ese momento llaman a la puerta. Camina tranquilamente hasta ésta y abre sonriente. Y allí está ella, tras sus tres horas en la peluquería, su vestido más elegante (y con más escote), y todo aquel maquillaje en un intento de parecerse a una modelo de revista. En cuando da dos pasos te percatas de que los zapatos que lleva le hacen daño, ya que seguramente llevan más tacón de lo que está acostumbrada. Aún así, él la besa, y le dice que está radiante, aunque sea más que evidente que todo lo que ha hecho destacaría menos que si se pusiera una flecha de neón gigante en la cabeza junto con un cartel que anunciara “hey, mírame, estoy muy buena, ¿de postre follamos?”. Pero Lucien siempre las ha preferido así. Y eso que él no necesita nada de eso realmente.

Porque lo que necesita... bueno, eres tú.

Con tus cabellos revueltos a causa del viento que hay a esa altura; la camiseta unas dos tallas más grande, recortada por el cuello, provocando que según cómo te muevas se quede al aire gran parte del sujetador; los pitillos desgastados y con algunas roturas; con esas botas que tu madre lleva diciendo varios años que jubiles; y sobre todo, con tus ganas de subirte hasta un décimo, a espiar a tu hermano.

Te apartas del cristal y bajas la mirada hacia la acera que hay varios metros abajo, observando los coches que pasan en ambas direcciones mientras te preguntas en dónde puede haberla conocido. ¿En el trabajo, quizás? Puede sonar algo truculento, pero no es imposible. Una viuda desolada siempre necesita apoyo, o una novata en el tema de las autopsias que buscaba algún mentor.

Escuchas como la chica comenta en el salón lo rica que está la comida.Vuelves a mirar al interior, y Lucien pone esa cara que pone siempre cuando espera que digan algo más, pero ella permanece callada. La muchacha no parece tener muchas luces, por lo que si su hermano la ha elegido será porque folla genial, no por sus dotes de conversación.

Al final desisten en eso de charlar, y se dedican a mirarse y a intercambiar sonrisas durante todo el primer plato, y tienes que contener las arcadas que te suben por la garganta. Por favor, ¿y esa escenita? Sólo han sido sonrisas, nada más, pero para ti ya es demasiado.

Porque Lucien está sonriendo para ella, no para ti. Al igual que también ha preparado aquella cena para ella y no para ti. Y eso te repatea, te araña desde dentro. Aunque lo que peor te sienta es que sabes que si él hiciera algo así por ti te reirías en su cara. Esas cosas se tienen con las parejas, no con las hermanas. Le dirías que se dejara de tonterías y le invitarías a una cerveza en el bar más cercano.

Pero entonces, ¿qué haces espiándole?

Sufrir, eso es lo que haces, sufrir como una estúpida. Porque quieres que Lucien te trate así aún a sabiendas de que jamás le corresponderás. Eres peor que el perro del hortelano, ni comes ni dejas comer. Ni lo quieres tener ni dejas que nadie más lo tenga. Nacisteis juntos, y sólo por eso te crees con el derecho divino a ser su ama y señora.

Odias quererle tanto.

Dentro han terminado el primer plato, y Lucien se ha levantado para ir a la cocina. Te asomas un poco más y vigilas como ella acaricia el mantel con dos dedos, como suspira y se sirve otra copa de vino, ligeramente nerviosa. Seguro que en verdad no es una mala chica, y puedes poner una mano en el fuego a que seguramente esté enamorada de tu hermano de verdad.

Pero ella no puede ser para él, porque no le conoce. Aquella chiquilla emperifollada no tiene ni la más remota idea de que Lucien se convierte en lobo cada luna llena; ni que come carne cruda mientras disecciona cuerpos en su trabajo; ni que sigue usando pasta de dientes para niños; ni se sabe de memoria todas las frases de sus libros favoritos, y le completa las citas cuando las dice en voz alta.

Tampoco sabrá que su sonido, ese que nadie más que tú puede oír, es la melodía de...

– ¡Lucien! ¡Lucien, hay una mujer en tu ventana!

Estabas tan ensimismada que te han descubierto. Una asesina a sueldo pillada en medio de un espionaje, eso es algo que sólo te podía pasar estando tu hermano involucrado.

En fin, de perdidos al río, ¿no? No vas a saltar diez pisos abajo sólo para que esa chica pueda seguir cenando con Lucien. Además, estás más que segura que él sabía desde el principio que estabas allí. Siempre lo sabe.

– ¡Buenas noches! – gritas triunfante, abriendo la ventana y colándote en el salón –. ¿Qué hay de segundo?

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