Haydee

Los primeros rayos del sol entraban por la ventana, dándole de lleno en el rostro, provocando que su plácido sueño se desvanecieran lentamente.

Primero fueron unos pequeños espasmos en sus largas pestañas, y después vinieron los parpadeos inconscientes, y cuando abrió por primera vez los ojos, vio tanta luz que no pudo menos que gruñir entre dientes y girarse, ocultando su cara con las sábanas, huyendo de tanta luminosidad. 

Quizás podría haber logrado dormirse de nuevo, pero la cama estaba demasiado vacía. Aún en ese estado de duermevela, en la que tu consciencia comienza a aflorar y tu cuerpo se niega a despertar, extendió una mano y palpó el otro lado de la cama varias veces. ¿Por qué no encontraba el otro cuerpo que se suponía que debía estar ahí?

Bostezó y volvió a enfrentarse a toda aquella tortura de abrir los ojos. Y, en efecto, con la prueba visual de que nadie más se encontraba tumbado a su lado, Haydee tuvo que incorporarse, desterrando cualquier posibilidad de volver a dormir hasta mediodía.

Recorrió con la mirada aquel cuchitril que era la casa de su novio, pero seguía encontrándose sola. 

Se frotó los ojos, quitándose algunas legañas y bostezó mientras se estiraba, haciendo crujir varios huesos de su espalda. Pateó las sábanas y giró sobre sí misma hasta quedar sentada en el borde de la cama. El sol aún le molestaba, provocando que, junto con todo lo que había bebido la noche anterior, un pequeño dolor de cabeza se fuera instalando en su sien.

Se levantó y dio un par de pasos antes de darse cuenta de que se encontraba desnuda. Bufó y regresó a la cama, rebuscando entre las sábanas y almohadas su ropa, pero nada. Así que se tumbó sobre el colchón y dejó colgando la cabeza por el borde, mirando bajo el somier, pero a parte de las botellas de cerveza y una de sus botas, ni rastro del resto de la ropa.

 Suspiró y quedó boca arriba en la cama cuando... ¡ajá! Se levantó y descolgó los calzoncillos de su novio de la lámpara de pie. No era lo que buscaba, pero era un sustituto perfecto.

Echó una mirada rápida por el resto de la casa, y descubrió que su sostén estaba colgado de la esquina superior del armario, que su vestido era un paño en el pomo de la puerta principal, y que tendría que secar sus medias ya que habían terminado dentro del fregadero de la cocina. Aunque, eso si, ni sus bragas ni su novio parecían hacer acto en escena.

Se colocó bien los calzoncillos y caminó hasta la puerta trasera dispuesta a buscar en el último lugar que quedaba. Y sin importarle lo más mínimo el que se encontrara prácticamente desnuda, abrió la puerta que daba al pequeño patio y huerto de la casa de su novio, y dejó sus pechos expuestos a todas aquellas tumbas y lápidas que se extendían más allá de la valla.

Rupert estaba allí, como se había supuesto al no encontrarle dentro, hablando a las que serían las futuras calabazas que vendería en el mercado, ataviado con la sudadera y las bragas de Haydee.

– Buenos días – saludó la joven desde el marco de la puerta.

– ¿Haydee? – dijo el enterrador sorprendido mientras se giraba para mirarla – No sabía que ya estabas despierta, te habría llevado algo de desayunar a la cama.

– No hay nada en la nevera.

– Podría haber ido a comprar algo.

– ¿Así vestido? – indicó Haydee con el dedo indice.

Ante tal pregunta, Rupert se echó un vistazo a sí mismo y se puso rojo como la grana. Tiró un poco del borde de la sudadera de su novia, intentando taparse un poco, arrancando una sonrisita pilla a la Dantes.

– Bueno, es que no encontraba mis calzonci... ¡los tienes tú! ¿Dónde estaban?

– Si vienes aquí te lo cuento.

El joven enterrador no se lo pensó dos veces, y fue hasta su novia, ganándose un merecedor beso de buenos días.

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