En la mejilla - Feuilly



Era más tarde de lo que se había imaginado. No había sido consciente de que por culpa del pequeño tirón en la mano derecha su trabajo había ido más lento, provocando que saliera más tarde de lo normal sin que se diera cuenta. Las calles de París se encontraban muy iluminadas a pesar de ya haber anochecido, aunque los negocios iban cerrando poco a poco, guardándose sus propias luminosidades hasta el día siguiente.

Feuilly entró en un supermercado 24 horas que se encontró de camino, antes de llegar a casa estaría bien el hecho de comprarse algo de cena, pasta de dientes (que ya no le quedaba), y quizás un poco de leche si el dinero que bailoteaba en sus bolsillos le alcanzaba. Cogió una cesta al entrar y comenzó a pasearse por los pasillos desiertos, contrastando con las calles que acababa de dejar a su espalda, cuyos transeúntes parecían negarse a aceptar el hecho de que ya se había hecho de noche y debían regresar a sus hogares.

Mientras se acercaba a la caja se fijó en que una bombilla parpadeaba sobre ésta, cosa que le recordó que la luz de su cuarto también se había agotado. Así que se acercó al mostrador que descansaba justo a la derecha de la caja registradora, donde se encontraban los leds. Y fue justo por dicha acción por lo que pudo escuchar la conversación que el cliente que estaba justo delante de él para pagar estaba manteniendo con el cajero.

— De verdad, es que no tengo nada más ahora mismo — era una chica joven, y bastante guapa, por lo que el propio Feuilly se sorprendió de no haber reparado en ella antes. Alta, delgada, cabello cobrizo recogido en una trenza, y rostro lleno de pecas —. Si me fías ahora, yo mañana por la mañana me comprometo a venir y darte lo que faltaba.

— Lo siento, no puedo. Son las normas.

— Si sólo son dos euros, y es nuestra cena. Por favor.

Aquella súplica le obligó a girarse del todo, casi descaradamente, y observar la escena de forma directa. Su ropa; remendada, algunas prendas varias tallas más grandes, y otras que le quedaban pequeñas; daba pistas demasiado evidentes como para que Feuilly no atara cabos. Por no hablar del chiquillo que estaba apoyado contra la cadera de la muchacha, esperándola en silencio. Podía poner la mano en el fuego a que eran hermanos.

— No puedo hacer nada, si el encargado se entera me puede caer una buena — intentaba defenderse el cajero.

— Pero si voy a devolver el dinero mañana. Por favor, sólo esta vez…

¿Cuántas veces, de pequeño, había protagonizado él mismo esa misma obra teatral? En pocas ocasiones pudo regresar a la tienda a devolver lo prestado, pero, ¿cómo se supone que iba a hacerlo? La comida que le habían fiado era lo único que tenía para llevarse a la boca, era inverosímil el que pudiera conseguirse de la noche a la mañana algo de dinero si no se adoptaba una posición de ratero.

¿Estarían, aquel niño y su hermana, viviendo con sus paupérrimos padres? ¿O se encontrarían al cargo de alguna “buena mujer que les ha acogido para poder darles todo el amor que no les han dado” como le pasó a él?

— Perdón por interrumpir — ¿cómo no entrometerse? — Yo le presto el dinero que hace falta para comprar esto.

La mirada que recibió por parte de los dos jóvenes, que no habían reparado en él hasta ese momento, fue suficiente pago.

— Muchísimas gracias, señor — susurró ella, aún sin creérselo del todo.

— Es más — subió su propia cesta al mostrador —, cobre todo lo suyo y lo mío junto.

La chica no cesaba en deshacerse primero en disculpas, después en agradecimientos. Había intentado impedírselo, primero excusándose con que sólo le dejara los dos euros para completar su compra, pero Feuilly ya había tomado una decisión y no iba a echarse para atrás. Podía vivir sin leche y sin luz en el dormitorio unos días más.

— En serio, si me dice dónde vive o trabaja, en cuanto reúna el dinero me acerco a devolvérselo — dijo, ya en la calle, la muchacha, en un último intento por ser bien agradecida.

— De veras, no hace falta. Y es la última vez que lo digo — puso voz seria, pero sin borrar la sonrisa de sus labios.

— Muchas gracias por comprarnos la cena — la voz del niño sonó por primera vez, terminando con toda la culpabilidad que aún se notaba en el aura de su hermana mayor.

— No tienes nada que agradecer — contestó Feuilly dulcemente —. Espero que la disfrutéis.

Aquel chiquillo sonrió de oreja a oreja, apretando inconscientemente el borde de la camisa de la chica, de la que estaba agarrado, como si tuviera miedo de perderse de un momento a otro. ¿Es que había mejor pago que ese? Los recuerdos le invadieron, y pensó en todas las veces que habría deseado que alguien le hubiera hecho un favor así en su niñez.

— Gracias a usted podremos comer algo hoy. Nos ha salvado — las palabras de ella le regresaron al presente. Aquella sinceridad tan abrumadora había sido una mano que le había traído de vuelta con rapidez, dejándole ligeramente aturdido.

Quizás fue por esa misma sensación por la que no fue consciente de en qué momento la muchacha se acercó a él. Tanto, que pudo ponerse de puntillas y depositar un beso sobre su mejilla.

— Que pase una buena noche — susurró, tímida, antes de darse la vuelta y alejarse por la calle cada vez menos iluminada por la falta de negocios abiertos.

Y allí se quedó Feuilly, sonriendo de lado, llevándose una mano a la piel que los labios de aquella chica habían mimado, notando como algo en su pecho vibraba y provocaba que su día fuese inmensamente mejor.

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