En la mano - Joly

Las calles empapadas, del cielo caen millones de gotas, es de noche y las farolas dan la poca luz que pueden alumbrar a su alrededor. Chica alejándose bajo el paraguas, con el corazón roto. Pero de pronto, ¡sorpresa! La cámara gira y se ve como el chico sale corriendo del edificio. Grita el nombre de ella y vuelve a correr. No puede perderla. La chica se gira, le ve, tira el paraguas y también se pone a correr. Ambos se encuentran, se abrazan. La música aumenta el volumen. Se separan un poco y sus manos aferran el rostro del otro. Se acercan lentamente…

Pff, ¿ponemos mejor otra? — dijo de pronto Musichetta, apoyando la cabeza contra el respaldo del sofá con ligera dejadez.

¡Pero si eras tú quien quería ver la película! — exclamó Bossuet.

No creí que fuera a tener un final tan típico.

— ¿Es que ya es el final? — Joly se giró hacia Bossuet, como corroborando lo que ella acababa de decir.

— Supongo, llevamos casi hora y media — contestó rápida Musichetta, sin darle tiempo a L’Aigle para siquiera abrir la boca.

— Y después de haber aguantado hora y media no vas a ver el final por una escena.

— Exacto.                                                 

— No hay quien te entienda, Musichetta…

— ¡Habló! No eres el más indicado para decir nada, Pierre.

— ¿Te has molestado?

— No, si te parece…

— Ey, ey, tranquilos, sólo ha sido un comentario desafortunado, no estropeemos una velada como esta por una tontería — saltó pronto Bossuet, incorporándose un poco para mirar a ambos.

— En fin, si queréis acabar de ver la película, vosotros veréis — murmuró Musichetta mientras se levantaba del sofá —. Yo me voy a preparar un sándwich.

Los dos chicos se quedaron en silencio, viendo como su novia se iba indignada hacia la cocina. La película, como había vaticinado ella, no tardó más de un minuto en comenzar a pasar los créditos, y pronto la única luz que iluminaba el salón a oscuras (en un intento de imitar una sala de cine) fue la que llegaba desde la cocina.

— Si no le he dicho nada ofensivo… — musitó Joly con la cabeza gacha.

— No has dicho nada del otro mundo, Pierre — dijo Bossuet mientras se acercaba un poco a él y le pasaba un brazo sobre los hombros.

— Quizás esté menstruando. Los cambios de humor durante ese período pueden llegar a ser extremos. Aunque no he notado que sus pezones estén más erectos de lo normal, pero teniendo en cuenta su irregularidad a la hora de ovular puede ser que esté influyendo otra vez. Creo que debería recetarle un…

— Pierre, Pierre, déjalo. Simplemente se ha picado, nada más. No creo que tenga nada que ver con su regla.

— Es simplemente que no la entiendo.

Bossuet le miró durante unos segundos y sonrió, apoyando su frente sobre su sien, convirtiendo aquel pequeño momento en algo más íntimo. Joly suspiró ante la cercanía, pero lejos de apartarse se acomodó contra él, apesadumbrado.

— ¿Quieres que vayamos con ella a la cocina?

El asentimiento por parte del estudiante de medicina fue suficiente para que L’Aigle se levantase y tirara de su brazo para ponerle de pie a su lado. Colocó bien sus gafas, le revolvió un poco el cabello, y después le empujó hacia la cocina, todo parte de una misma rutina.

Musichetta estaba reclinada sobre la encimera, preparando el tercer sándwich, que no tardaría en descansar sobre el plato, como los dos anteriores. Era evidente que, a pesar de haberse ido airadamente, su intención seguía siendo la de contentar a sus dos chicos en aquella cita improvisada en casa de Joly.

— Qué buena pinta tienen, ¿no? ¿De qué son? — se aventuró a tantear el terreno Bossuet.

— Sorpresa — contestó ella con una sonrisa. Una muy buena señal — Cuando los probéis ya lo veréis.

— Ahm… habrás lavado bien esa lechuga, ¿verdad?

Musichetta dejó un segundo su trabajo. Colocó el pan a medio terminar sobre la tabla de cortar donde estaba cocinando y se giró para fulminar con la mirada a Joly.

— No puedes evitarlo, ¿eh?

— Lo siento, no lo hago para molestarte, pero es que contiene tantos gérmenes que… — comenzó a musitar atropelladamente, pero entonces un dedo femenino en los labios hizo que se callara.

— No te preocupes, si ya te conozco, pichón.

Cualquier atisbo de tensión que pudiera haberse creado en el ambiente se esfumó y todo volvió a la calma relajada habitual.

Bossuet dejó pasar unos segundos; disfrutando de cómo sus parejas se comunicaban en silencio a través de dulces miradas, sin haber variado en un solo ápice la postura en que la se habían acomodado; antes de coger la mano libre que tenía Musichetta y besar su dorso.

— Nos conoces tan bien, amor.

Joly bebió de la risa cantarina que se escapó de entre los dientes de ella al notar el beso de L’Aigle, y aprovechando que aún tenía aquel dedo sobre los labios, bajó su boca por éste, y depositó un beso en la palma de su mano.

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