Las calles se hallaban
desiertas. A altas horas de la noche es algo normal, la gente se encuentra en
sus casas descansando, soñando, o leyendo bajo la luz de una linterna. Por
ello, el ruido de unos pasos desentonaba totalmente con la escena nocturna. Y
mucho más el eco de las risas. No unas risas normales, si no de esas típicas
que aunque no entiendas el chiste te ríes igualmente, contagiosas,
escandalosas, tan alegres que es imposible que molesten a nadie. No obstante, está
bien el añadir a esa lista que ese tipo de risas solo suceden en dos tipos de
personas: los bebés, y los borrachos. Y un par de criaturas no irían dando
tumbos a las tres de la madrugada por el centro de París.
Jehan perdió el
equilibrio durante unos segundos, provocando que su pie derecho se saliera de
la acera y cayera de mala manera sobre el asfalto, arrastrando su cuerpo hacia
un amago de caída, que fue parado por el brazo rápido de Bahorel, el cual le
enganchó de la cadera y tiró de él.
Ante tal situación,
ambos volvieron a estallar en carcajadas.
—
¡Vas fatal!
—
Voy… estupendamente.
—
No tienes naaaaaaaaaada de aguante, Prov… Prouv… Prouveire… No… Prouv…
—
Prouvaire — corrigió el interpelado —. Y te repito que voy maravillosamente.
—
Maravillosamente ciego — dicha respuesta fue coreada por las risas entre
dientes de Jehan.
Apoyados
el uno contra el otro siguieron caminando por las calles desiertas, hablando a
trazos, riéndose por todo y por nada, y según qué esquinas giraran,
canturreaban estrofas al azar de alguna canción de la que parecía que sólo
ellos conocían su verdadero significado.
—
¿Tu casa estaba en esta calle, verdad?
—
Sip.
—
¡Pues, ea! ¡Yo ya he cumplido! — exclamó Bahorel —. He acompañado a la delicada
princesa borracha hasta su casa — completó la frase conteniéndose las risas que
luchaban por salir de entre sus labios.
—
Yo no soy ninguna princesa… ¡yo no creo en príncipes, ni reyes, ni reinas!
¡Abajo la monarquía! ¡Viva la república! ¡Viva Francia!
Bahorel
no pudo aguantar mucho más tiempo las carcajadas al escucharle gritar de tal
manera, y tuvo que detenerse unos segundos para poder reír a gusto, doblándose
sobre sí mismo mientras vaciaba sus pulmones de aire por cada risa que huía a
la oscuridad de la ciudad de noche.
—
¡Qué exaltado te veo, amigo mío! Ni siquiera en las manifestaciones más… — se
quedó callado unos segundos, olvidándose completamente de la palabra que iba a
decir — ¡Más! Habías estado así de emocionado… revolucionariamente hablando.
—
Ah, claro, revolucionariamente hablando.
—
¡Pero no repitas lo que acabo de decir!
—
Pues, Bahorel, estoy taaaaan feliz. Me siento etéreo — mientras iba hablando,
su acompañante no podía parar de reír, sin dejar de asentir a cada una de sus
palabras — Creo que me gusta demasiado ir a beber.
—
¡Pero eso es porque beber es lo mejor del mundo! ¿No has visto a Grantaire?
—
No… no… calla. Es que a mí me gusta beber contigo, no solo, no, así no.
Contigo. Cooooon tiiiiigo — dijo separando, y acentuando el espacio, la palabra
“contigo”, como si quisiera remarcarlo con mucha importancia.
—
Ooooooow. ¡A mí también me gusta beber contigo, Jehan!
Ambos
se pararon justo frente a la puerta de la casa de Prouvaire, pero lejos de
hacer cualquier amago de entrar o de despedirse, volvieron a sumirse en una
cascada de carcajadas. Comenzaron a saltárseles las lágrimas, su equilibrio
amenazaba con irse, pero ellos siguieron y siguieron riéndose durante al menos
cinco minutos.
—
Eugène Bahorel — la risa de Jehan se cortó de golpe, y su semblante, al igual
que su voz, se volvió serio y firme —, debes saber una cosa muy importante.
Bahorel
le miró unos segundos antes de comenzar a tranquilizarse, cesando sus
carcajadas. Eso a Jehan le gustaba, el saber que era uno de los pocos
afortunados a los que Bahorel hacía caso y prestaba atención si notaba que la
otra persona se ponía formal. Era una especie de poder que nunca utilizaba, pero
que lograba que se sintiera orgulloso simplemente con poseerlo.
—
Dime.
—
Eres mi mejor amigo. Y te quiero más que a nadie.
Y
dicho eso, sin esperar ninguna reacción (y sin pensarlo demasiado), el joven
poeta se adelantó hacia su amigo y unió sus labios en un beso corto y suave.
Ambos
chicos se quedaron en silencio al separarse, casi como si estuvieran aguantando
la respiración, sin ser del todo conscientes de lo que acababan de
protagonizar.
—
¿… me acabas de dar un pico?
—
Si — contestó portando una sonrisa bobalicona de oreja a oreja, contrastando
con el sonrojo masivo que se había instalado en su rostro
—
¿Tú? ¿Míster Timidez? — Bahorel seguía muy sorprendido.
—
Tenía ganas de besarte. Una muestra de afecto para mi mejor amigo.
—
Con que ganas de besarme…
De
pronto, la sorpresa se tornó en otra cosa, la mirada de Bahorel cambió,
seguramente empujada por el alcohol que recorría sus venas, y una sonrisa,
opuesta a la que se dibujaba en los labios de Jehan, se formó en sus labios.
—
Prouvaire, si me vas a besar, hazlo bien.
El
boxeador levantó la mano y enganchó con fuerza el cuello de la camisa de su
compañero, atrayéndole hacia él. Con tal mala suerte, que el equilibrio de
Jehan decidió irse de fiesta justo en ese momento, provocando que ambas narices
se chocaran fuertemente con un sonoro “crack”, que resonó por toda la desierta
calle.
—
¡MIERDA!
—
¡ME CAGO EN LA HOSTIA!
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